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Cita con Moliére (libre)

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default Cita con Moliére (libre)

Mensaje por Eva Lavant el Dom Feb 27, 2011 4:43 am

Me hallaba sentada en una de las butacas del palacio real de París, siendo una espectadora veraz. Justo en la Platea. Era habitual acudir al teatro muy arreglados. Los caballeros vestidos de frac en paño de lana y las mujeres embutidas en trajes pomposos llenos de volantes y florituras muy vistosas. Yo no sería menos. Aunque no era la ropa de la clase alta lo que más llamaba mi atención entres las cuatro paredes. ¡El teatro! De niña creía que todo lo que se representaba era verdad. Y que la gente que contaba esas verdades no eran actores. Si no personas valientes que se desnudaban ante un público mostrando su historia. Pero recordé el día en que acudí a ver una ópera parisina en la cual aparecía un dragón tan alto como una montaña. No era tan ilusa. Los dragones no existían. Y entonces, en ese momento, entendí que todo era mentira. Fue una decepción en un principio. Pero aún así ¿No era mérito representar historias falsas que frente a un millar de personas cobrasen autenticidad?

Los palcos estaban abarrotados de invitados. Y una gran cortina roja de terciopelo quedó alzada para descubrir el escenario ya hace rato. Y "El enfermo imaginario" la obra que nos tenía sobrecogidos a todos, llevaba unos cincuenta minutos. Una comedia que bien hacía falta para los tiempos que corrían. Podía oler infinidad de cosas. La moqueta y el barro de los zapatos impregnado en ella. El polvo que cubría la parte de arriba del escenario. Cada partícula adherida al los adornos de oro macizo. El perfume de las mujeres y el "no perfume" de los hombres. Puro abano... de la boca de un caballero unas butacas por delante de mí. Y hierro quemado de los focos que iluminaban la escena. La madera que pisaban los actores. Hasta los caballos que descansaban a la salida y que habían trasladado a toda esta gente aquí dentro.
Pero ahora debía estar atenta al espectáculo:

-"¿Qué tenéis, Angélica? ¿Por qué lloráis?"- el actor que hacía de Cleonte puso una mano sobre el hombro de Angélica, conteniendo sus ansias por besarla.
-"¡Lloro porque acabo de perder lo más grande que puede perderse en la vida! ¡Lo más querido! ¡Lloro la muerte de mi padre!"- contestó esta llena de lágrimas. Cayó al suelo retirándose de Cleonte y agarrando la mano inerte del fallecido. Y seguro que se moria también, por fundirse en ese beso. Pero ahora no podía ¡Su padre! muerto...

Despegué la espalda del respaldo conmocionada. Y se supone que era una comedia. Pues si la joven seguía llorando así... ¡conseguiría que llorase con ella! Argan, el hombre que la dio la vida y enfermo en esta historia, yacía muerto. Los médicos intentaron curarle sin ninguna mejora durante toda la obra. Un poco torpes, la verdad. De hecho ¡Parecía empeorar a lo largo de la historia! ¡Pero bien que se estaban embolsando todo su dinero a pesar de los fracasos! y el viejo Argan, nunca deseó que los amantes se casasen. Al principio me cayó mal por eso mismo. Pero ahora me daba mucha lástima...

-"¡Qué catástrofe! ¡Qué suceso tan inesperado!... Habiéndole rogado a vuestro tío que intercediera en mi favor, venía ahora a presentarme a él para rogarle, con todos los respetos, que me concediera tu mano"- este era Cleonte, otra vez. Y el enamorado de Angélica, como ya he dicho ¡Qué bonito! ¡Y qué trágico al mismo tiempo! No sólo el teatro estaba lleno de malentendidos. La vida a veces era también todo un enredo por muy descabelladas que fuesen las situaciones. O al menos, la mayoría de las situaciones en las que me encontraba yo, a cada paso.
-"No hablemos más de nada, Cleonte, y olvidemos toda idea de matrimonio"- ¿Cómo? ¡Pero él te ama! -"Después de esta desgracia, no quiero pertenecer al mundo; renuncio a él para siempre... ¡Sí, padre querido! Si antes me resistí a vuestros deseos, quiero seguirlos ahora y reparar de este modo la pesadumbre que os causé y de la que ahora me acuso. Aceptad, padre mío, mi promesa y dejad que os abrace para testimoniaros mi ternura"- ¡No, Angelica! ¡Cásate con él! ¡No hagas caso a las peticiones de tu padre! ¡Él no entiende vuestro amor!
-"¡Hija mía!"

-¡Ah! - grité al mismo tiempo que la actriz cuando el padre que pensamos todos muerto, ¡el enfermo muerto! despertó. Fue tanto mi exalto e ímpetu, que pegué una patada descomunal a la butaca de delante rompiéndola -Ups...- pestañeé un par de veces con la mano taponando mi boca, intentando recuperar el aliento -¡Recórcholis! ¡Qué susto!

Eva Lavant
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Mensaje por Alecto el Jue Mar 17, 2011 7:43 pm

El ligero traqueteo del carruaje era, francamente, agradable. La señora Rimbaud mantenían una curiosa discusión con la señorita Fournier acerca de si Molière era mejor que Corneille o al contrario, mientras que su invitado Charles Fitzroy se mantenía al margen. Alecto observaba indolentemente con sus ojos humanos, a través del cristal de la ventanilla, las mortecinas luces de las lámparas de aceite de las aceras, y las figuras envueltas en capas y sombreros oscuros que caminaban en ambas direcciones como yendo a algún lugar y, al mismo tiempo, sin un rumbo fijo. Ella concebía sus vidas como el resultado de un juego de títeres, que podía dominar cuando le apeteciese con tan sólo arrebarles su identidad. Despojar a los seres humanos de sus almas era la base de su existencia, y el primer paso de su objetivo terrenal.

- Con todo mi respeto, mi querida madame - decía la cándida Adelaide -, no comprendo cómo puede tener en más alta estima, según dice y por ejemplo, un Horacio, cuando tendría la oportunidad de escoger un Tartufo, o una obra como El Misántropo... Pero, créame, voy más allá - decía, acalorada, viendo que la señora se disponía a interrumpirla -: Incluso una obra de Molière, sin que gozara de la originalidad de estas dos que acabo de mencionar, como Don Juan, me parecería mucho más digna de admiración, y ya ve que Corneille no es de mis autores más detestados...

La señora Rimbaud iba tomando una antipatía cada vez mayor por el dramaturgo que la señorita Fournier defendía, y como tal cosa le parecía un mal comienzo para lo que sería su diversión en las próximas dos horas o más, decidió no tirar más de la lengua a su joven acompañante, y se entretuvo en llamar la atención del muchacho de los Fitzroy para que interactuara con su sobrina Adelaide. No era ningún secreto que querían comprometerlos, a lo más tardar, para el siguiente año; lo que no sabían era que Charles gastaba su papel y tinta en apasionadas cartas a Elodie Chevalier, cuya indiferencia hacia él aquella noche lo sumían en una mal disimulada indisposición para cualquier divertimento.

El carruaje se detuvo, y la comitiva de cuatro personas salió de este - encabezados por la regia señora - para entrar en el teatro. Apenas tardaron unos minutos en llegar al palco que habían reservado para el disfrute de la obra, la cual dio comienzo no mucho después. Alecto no le prestaba especial atención; aquella era una de esas noches en las que deseaba divertirse especialmente, y una aburrida representación era lo más tedioso que se le ocurría para arruinarse las expectativas. Una ópera sería peor, desde luego, pero eso no quitaba que se abanicara parsimoniosamente mientras miraba con los binoculares a todo el patio de butacas con curiosidad en lugar de atender a
Le Malade Imaginaire. Disimuló un pequeño bostezo cuando Angélica comenzó a llorar, haciendo caso omiso de la mirada de reproche de la señora Rimbaud. Los sollozos de Adelaide le eran indiferentes. Y abajo, algo llamó su atención.

Una chica exclamó algo abajo, para el sobresalto de la parte del público que más cercano a ella estaba. Sin embargo, en su ímpetu golpeó el asiento delantero, y el sonido astillado así como el del impacto fue ostensible en un alcance mayor - máxime teniendo en cuenta que ella no estaba en un palco muy alejado. Alecto esbozó una sonrisa, sin apartar su vista de ella a través de los binoculares. Vaya; o la joven tenía una fuerza descomunal, o una pierna metálica; algo francamente increíble. Deshaciéndose de las lentes de montura dorada, fijó la vista con el ceño ligeramente fruncido, distinguiéndola entre la marea de gente.

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Mensaje por Eva Lavant el Sáb Mar 19, 2011 6:45 pm

Bueno pues, la señora que estaba al lado de la butaca que acababa de romper, se dio la vuelta asustada, para ver quien había sido el culpable de semejante destrozo. Y expresó una cara de lo más desconcertante con los ojos hiper-mega-abiertos ¡Como si no diese crédito a lo que estaba viendo! La localicé desde las profundidades de mi asiento, porque yo era extremadamente bajita, por muchas alzas que me pusiese bajo el trasero. De hecho, cuando iba al teatro, me ponía un par de libros en la butaca. Siempre me colgaron las piernas, sin llegar a conocer, lo que era el suelo. Suerte que no había nadie delante de mí. Bueno... salvo la butaca rota. Porque... terrible habría sido... ¡que una cabeza gigante me impidiese ver el escenario!

- "¿Te opondrás aún?" - ¿Y esté? ¿De dónde salió? Debí perdérmelo ¿Cuándo? Ni idea... ¡Ay! ¡No! ¡Que era Beraldo, el tío de Angélica! -No, no... - murmuré negando con la cabeza. Argán no podía negarse. O sería yo la que le obligase. ¡Pero qué cascarrabias! -Se parece un poco a un hombre que conocí - le comenté a una joven que se sentaba a mi lado -A veces hay que decir sí - alguien cercano chistó en la sala y miré a mi alrededor, para ver a quien estaba acallando.

- "Que se haga médico y consentiré en el matrimonio." - No me lo podía creer - "Haceos médico y os entrego mi hija." - ¡Caracoles! ¡Que fijación tenía este hombre con los médicos! Además le picaba todo... le dolía todo... le incomodaba todo... ¡Se lamentaba por todo! O estaba echo polvo... ¡O era mentira! -De verdad, pero que ser tan insensible... - Suspiré cansinamente, considerándole por imposible. Y volví a dirigirme a la joven para que me diese su opinión -Yo creo que esto no va a ninguna parte ¿Vos qué pensáis, madame? - pregunté curiosa girando sobre mi misma, para observarla de frente. Luego apoyé el codo sobre el respaldo, quedándome de costado. La mujer me miró molesta por algo que no entendí -Pienso que, me gustaría ver la obra. - que genio...
-Ah... yo también, yo también - contesté cortante. Tampoco pretendí desvelarle el final. Y alguien volvió a repetir el mismo sonido de antes, callando de forma insistente.

- "Me parece demasiada burla." - estaba totalmente de acuerdo con Angélica -¡A mi también! - grité al enfermo cejijunta y llena de ira. Si hubiese tenido tomates, se los habría tirado.

-Perdone, madame - un caballero se acercó a mí -¿Le importaría acompañarme fuera? - ¿Fuera? ¿Fuera para qué? confusa le miré sin moverme. Se parecía mucho al hombre que nos acomodó al inicio entre las butacas. Pero no estaba segura a ciencia cierta.
-Pero me perderé la obra - ¿O es que no se daba cuenta? El hombre volvió a insistir, esta vez, tirando de mi brazo. Yo perseveré al igual -¡Pero me perderé la obra!
-Puede preguntar cuando termine - ¿A qué se refería? ¿A los actores? -No... - dibujé una gran "o" con la boca, sin poder creérmelo ¡Que ilusión! Nunca creí que llegase a conocer a ninguno. Y este gentil hombre me llevaría ante ellos al terminar la función.
-¿Conoceré a los actores, pues? - No cabía en mí, de la emoción ¡Insólito! El caballero asintió algo dubitativo ¡Pero asintió! La gente me miraba, envidiosa de que fuese la elegida aquella noche ¡Que suerte! yo no hice nada para merecerlo. Y acompañé al señor hasta el Hall del teatro, sin dejarme el par de libros, que me alzaron durante toda la obra. Luego se fue para mi confusión, dejándome sola en medio de la entrada -¿Oiga? - escuché el silencio, sin ninguna respuesta ¿Tenía que esperar allí? No entendía nada...

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