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Rayos de Luna [Emeraude Van den Heede]

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default Rayos de Luna [Emeraude Van den Heede]

Mensaje por Emeraude Van den Heede el Mar Sep 21, 2010 9:41 pm

Montes Transilvanos, noviembre de 1801

Si había un hombre que podía presumir de haber recorrido el mundo entero antes de los cuarenta, ese era Marius Bahamonde, médico titulado e hijo único de una de las familias burguesas más ricas de Flandes. Tenía treinta y cinco años cuando su espíritu aventurero le recomendó sentar la cabeza y ejercer la carrera que con tanta devoción había estudiado en sus años más jóvenes. Sin deseos de quedarse en su país natal, un último impulso de aventura la condujo a reclamar lo que su abuelo le había dejado en testamento aquel mismo año, un castillo medieval de finales del siglo XIV en una pequeña población con su mayoría de inmigrantes franceses oculta entre las montañas de la oscura Transilvania: Rayos de Luna. El pueblo llevaba el extraño nombre de Lunatiquevillette, en donde había oído que precisaban un médico, ya que su único acceso a la medicina no era otro que las ciudades bastante alejadas al pueblo, que se encontraba guardado en lo más profundo y recóndito de las montañas. Su única compañía en el viaje era Théodore Vésuve, su fiel mayordomo, un hombre al que le faltaban un par de años para alcanzar los cincuenta, de poblado cabello canoso y con las arrugas de la edad ya haciendo mella en su rostro apergaminado; Virginia Descartes, su criada, una jovencita de veinticinco años a la que había conocido en su último viaje a Bruselas, de extensa y lisa cabellera castaña, tersa y blanca tez y joviales ojos castaños, la cual había oficiado de costurera antes de introducirse en el séquito de Marius; y Loup, un perro lobo oscuro y enorme que no hacia más que unos meses había sido un cachorrito pequeño y travieso. No necesitaba a nadie más. Con certeza sabía que todavía los criados de su abuelo estaban asentados todavía en el castillo, y su inmensa fortuna, además de sus futuros ingresos, sería suficiente como para pagar a sus sirvientes sin ningún problema.

A través de la ventanilla del enorme carruaje negro, Marius echó un vistazo al pueblo. Las calles estaban silenciosas y casi desiertas, pocos transeúntes se veían vagando por ellas, el suelo estaba sin pavimentar, las casas eran viejas, todavía no adaptadas al nuevo siglo, y el cielo estaba cubierto de nubes grises que cubría la población como un poderoso manto de acero. A la izquierda, sobre las pequeñas casas de tejado de losa, se alzaba una opulenta mansión de principios del siglo pasado; a su derecha, más alejada y borrosa, también más moderna, se erigía otra; y en el centro, los altos torreones del viejo castillo del abuelo Bahamonde. Una pequeña y calmada laguna, a cuyo alrededor se erigía un semicírculo de taludes de tierra, se hallaba cercana a la vetusta fortaleza, junto al camino de tierra. A Marius llamó la atención algo que no supo identificar ni en dónde ni por qué, pero la laguna lo tuvo embelesado hasta que desapareció de su campo de visión.

Las cadenas del puente levadizo estaban rotas, por lo que no se podía alzar, y se dudaba de que la verja oxidada pudiera bajarse. Théodore detuvo el carruaje en mitad del patio de armas, junto a una mujer de constitución gruesa y castaños cabellos plagados de canas recogidos en un moño, de mofletes rojizos y ojos apagados que debía rondar los sesenta. Marius fue el primero en bajar del coche. Se sentía un poco ridículo con las gafas de cristales tintados que James Ayscough había inventado a mediados del siglo pasado. Marius sabía que eran un remedio para aquellos que tuvieran algún problema de extrema sensibilidad en la visión, pero él les daba un uso que lo protegía de los rayos solares, y por ello se sentía ridículo, con todas aquellas nubes dándole al mediodía un aspecto casi nocturno. Se retiró el sombrero hongo que también coronaba siempre su cabeza y se acercó a la mujer para presentarse, mostrándose ante ella. Marius era un hombre considerablemente alto, aunque no en exceso, no alcanzaba el metro ochenta; su piel clara era una herencia de la población flamenca y sus cabellos oscuros y ondulados rozaban con sus puntas sus hombros; poseía un fino bigote y una perilla ya pasados de moda y su constitución era delgada. Se movía con mucha agilidad, y sus facciones podían considerarse hermosas y poco comunes. Tenía las mejillas un poco hundidas y la barbilla redondeada forzaba una simetría recta con su mandíbula.

La mujer se presentó como Margerite Blond, el ama de llaves, cuando Marius se presentó. Le dijo que llevaban mucho tiempo esperándolo, y después lo invitó a entrar a su castillo. Mientras caminaban hacia la puerta, algunos hombres en los que el médico no había reparado antes salieron de los soportales para recoger el equipaje del nuevo dueño del castillo y de sus sirvientes.

Marius no pudo evitar su gran asombro con su nuevo hogar. El corredor era tan enorme que una de las casas del pueblo podría caber perfectamente en ellos. Los lugares que no poseían ventanas estaban siempre iluminados por candelabros que los criados se encargaban de mantener encendidos y cada habitación era más grande que la anterior. El comedor, por ejemplo, era excesivamente extenso, con una larga mesa en forma de u cubierta por un finísimo mantel de hilanza y encaje blanco, con las amplias ventanas dando a la parte trasera del castillo. Tenía un aspecto frío y oscuro, pero hacía calor en su interior y nunca había un recoveco que no estuviera iluminado. Margerite le iba enseñando a Marius cada esquina del castillo, sin olvidarse de ningún detalle, abriendo y cerrando puertas una tras otra. Rayos de Luna era quizá demasiado grande para su gusto, pero también era la mejor forma de tener su consulta justamente en el mismo lugar en el que se instalaba su residencia.

La última habitación que Margerite mostró a Marius se hallaba en lo alto de la torre norte, su futuro dormitorio, el del fallecido abuelo del médico. Era una sala grande y circular, con una opulenta cama de sábanas de seda y madera de caoba, muebles dorados y un pequeño balcón adornado con gárgolas. Era demasiado lujo y comodidad para lo que acostumbraba el heredero de Bahamonde, pero tampoco podía negar que le gustase aquello que se ofrecía especialmente para él. Sus pertenencias ya habían sido subidas allí, y pidió al ama de llaves que se retirara cuando decidió comenzar a situarlo todo en su lugar.

Ahora era su casa, estaba establecido como médico, nada podría alterar su nueva vida sedentaria, ni siquiera sorprenderlo, como le había sucedido en sus muchos viajes anteriores. Estaba preparado para esa nueva vida llena de calma.


Triumphus era, según madame Blond, el mejor caballo que albergaban los establos de Rayos de Luna. Era un ejemplar de caballo árabe joven y sano, fuerte y vigoroso, de pelaje castaño muy oscuro y largas crines que caían a un lado de su poderoso cuello. Fue la primera orden que Marius dio a los trabajadores del castillo en su segundo día de residencia, que ensillaran a su mejor caballo. Quería salir a explorar el pueblo, ver qué le deparaban sus nuevos vecinos. Las nubes grises seguían cubriendo el cielo, pero eso no iba a menguar su ánimo. Quería ver Lunatiquevillette, costara lo que costara.

Salió solo, sin más compañía que Loup correteando junto a las patas del caballo, bien abrigado con su capa negra y el sombrero hongo coronando su cabeza. Los vientos eran más fríos en las montañas de Transilvania que en Flandes, y ya era mucho decir. Se preguntaba si el invierno sería igual de helado, si sería tan duro como en su tierra natal. La herencia de su abuelo sólo hablaba del castillo, no hacía referencia a nada sobre el estado de Lunatiquevillette. Marius incluso había creído absurda la idea de que una población recibiera ese nombre de no haber sabido que existía; y aún así le resultaba ridícula.

Los árboles casi deshojados, de troncos oscuros y ramas retorcidas ofrecían una imagen tétrica a ambos lados del camino, como una siniestra silueta erigiéndose ante los campos de cultivo vacíos y las altas y oscuras montañas que convertían a la pequeña aldea en un valle. Algún que otro cuervo soltaba uno de sus graznidos mientras sobrevolaba los cielos grises o cuando reposaba sus patas sobre una de las ramas desnudas. Las hojas marrones cubrían ambos lados del camino y se arremolinaban junto al aire cuando un soplo de viento bajo acariciaba el polvo del camino. Marius dirigía al caballo al trote, con paso tranquilo, deseoso de no llegar a perderse nada. Siempre había sentido mucha curiosidad por los sitios nuevos, sobre todo si ofrecía ese aspecto oscuro y siniestro que sólo un pueblo como Lunatiquevillette podía ofrecer.

Marius alzó el rostro al descubrir ante sus ojos un espléndido y enorme lago oculto entre los barrancos y los riscos de las montañas. Sus aguas, calmadas y quietas, provenían de un pequeño río que descendía entre las rocas en una cascada leve. Debía ser un lugar magnífico para pasar las tardes de verano, pero con ese tiempo resultaba frío, e incluso triste.

Pero no fue la magnificencia del lago lo que más llamó la atención a los ojos de Marius, sino lo que descubrió tirado a su orilla. Una mujer inconsciente reposaba junto al lago, completamente mojada e inmóvil. En un impulso como médico y hombre preocupado por los demás, Marius detuvo a Triumphus y saltó de su lomo al suelo. Corrió rápidamente apartándose del camino y bajó la pequeña ladera que llevaba a los bordes del lago, casi resbalando al final y arrodillándose rápidamente junto a la mujer para comprobar que seguía con vida. Sus constantes vitales eran débiles, y no respiraba. Marius la puso boca arriba enseguida y presionó su pecho repetidas veces rogando por que el aliento de la vida no abandonara a aquella joven.

Como si se tratara de un milagro, los ojos de la mujer se abrieron al instante y se incorporó bruscamente tosiendo agua. Le costó un rato recobrar el ritmo normal de la respiración y fue entonces cuando volvió su mirada hacia Marius, en un gesto inquisitivo.

El médico no pudo decir nada en cuanto la vio consciente y con buena salud. Incluso mojada y pálida como estaba, aquella joven le resultaba una visión celestial. Una melena oscura caía hasta la mitad de su espalda, enmarcando en su rostro sus ojos dorados y sus gruesos labios de color frambuesa, el vestido mal colocado dejaba ver uno de sus sensuales hombros y el principio de dos firmes y redondeados senos y el hecho de que estuviera mojado y se adhiriera a su cuerpo dejaba adivinar la figura grácil y esbelta que poseía aquella moza de no más de veinte años. Alargó lentamente una de sus manos, de extensos y finos dedos y largas uñas, hacia el rostro de Marius, y acarició su mejilla cuidadosamente, observándolo con una mirada inquisitiva. No parecía preocuparle haber estado a punto de perder la vida.

-Señorita, ¿está bien? ¿Qué ha sucedido?

La joven apartó lentamente los dedos del rostro de Marius y encogió los hombros. Sonrió de medio lado, con cierta inocencia.

-Estaba cabalgando –empezó a explicar. Su voz era dulce y suave, casi como un susurro pronunciado en voz alta-. El animal se asustó y me tiró al lago. ¿Usted me ha sacado?

-No, la encontré aquí, en la orilla.

-Pero me ha salvado la vida.

-Podríamos llamarlo así.

-Hace frío.

Marius se dio cuenta entonces de que el cuerpo de la joven tiritaba. Desprendió su capa de su cuello y la dejó caer sobre los hombros de ella, guareciendo su cuerpo mojado de la brisa.

-Déjeme llevarla a mi casa a examinarla –le pidió Marius-. No quisiera que enfermara.

-Bastará con que me acerque a mi casa, señor. Y le agradezco mucho lo que ha hecho por mí.

-Cumplo con mi deber, soy médico.

-¿Es el nuevo huésped de Rayos de Luna?

Marius sonrió ampliamente y se puso de pie, ayudándola a ella a alzarse con él.

-Efectivamente. Veo que aquí las noticias vuelan. Doctor Marius Bahamonde para servirla, señorita. –Se retiró el sombrero hongo e hizo una leve reverencia ante la joven.

-Es un placer. Yo me llamo Emeraude, Emeraude Van den Heede. Soy la hijastra menor del marqués de Lunatiquevillette.

Marius había escuchado que el pueblo lo regentaba, efectivamente, un marqués. Pero la palabra hijastra picaba su curiosidad. Tomó la mano de la joven sin perderla de vista, y rozó su dorso con los labios.

-Entonces será un honor para mí llevarla a poneros algo seco y tomar algo caliente para su pronta recuperación. ¿Seguro que no quiere que la lleve a mi casa? No está lejos.

-No, no tema. Me encuentro bien. Ha sido un accidente tonto. Sólo necesito ir a casa a descansar, aunque lamento haberle robado el abrigo.

-Usted lo necesita más que yo. Y si quiere ir a su casa… bueno, estaré encantado de llevarla.

-Gracias.

-No preciso que se me agradezca nada, señorita Emeraude. Me basta ver que está sana y salva.

Marius condujo a la joven hacia el caballo y la ayudó a montar. Él se situó delante, agarrando las riendas de Triumphus. Emeraude deslizó sus brazos por los costados de él, y los cerró alrededor de su cintura para mantenerse firmemente sujeta a él. El médico se relajó cuando el cuerpo de ella tomó contacto con el suyo; era como si pudiera apreciar la suavidad de su piel a través de la ropa.

-Gracias –repitió ella con la boca cerca de su oído, y Marius se estremeció.

El paseo tuvo que aplazarse para otra ocasión. Marius dejó a la joven Emeraude ante las puertas de la gran y majestuosa mansión del marqués, la misma que había visto al entrar a la aldea; y después de que ella se lo hubiera agradecido una vez más y se hubiera internado en la casa el médico volvió a poner rumbo hacia Rayos de Luna. El pueblo ya no le interesaba tanto como Emeraude Van den Heede. Nada había llamado tanto su atención como ella, era como si lo hubiera hipnotizado en el primer momento que posó sus ojos dorados sobre los de él. Su nombre le sonaba a promesa, y sólo podía pensar en cuál sería el momento en que volvería a verla.

La respuesta llegó tan sólo unas horas después, al despertar al día siguiente. Théodore le había llevado el desayuno al cuarto, y junto al café y el bizcocho que portaba sobre la bandeja de plata también iba una carta escrita en papel de seda dirigida a Marius de parte del marqués. Todos en Rayos de Luna ya conocían la heroica hazaña del médico, por ello Théodore creyó conveniente dejarlo solo a leer la carta. En ella, el marqués Alphonse Van den Heede, invitaba a Marius a cenar aquella noche con él y su familia en agradecimiento por haber salvado a la joven Emeraude. Poco le importaba al médico la invitación, lo que de verdad lo animaba a ir era saber que la presencia de la joven volvería a acompañarlo. En el camino del lago a la casa del marqués poco habían hablado, por no decir nada, y Marius sentía deseos de conocerla mejor.

Se vistió con sus mejores galas para visitar a los Van den Heede aquella noche. Se puso un conjunto de levita y pantalones negros, una almidonada camisa blanca a juego con el fular que adornaba su cuello, uno de sus sombreros de copa y unas recién compradas y lustradas botas negras, puesto que odiaba los zapatos. Quería causar su mejor impresión a la joven señorita Emeraude.

Después de regresar de dar su primer paseo por el pueblo para conocerlo, durante toda la tarde, madame Blond le estuvo advirtiendo que no fuera. Decía que era un lugar peligroso, que la casa del marqués estaba encantada y que éste ocultaba oscuros secretos. Le dijo que la maldad se cernía sobre la familia, y que no era recomendable tratar con ellos, como bien había hecho su abuelo en vida. Le contó su historia y la de sus esposas, tratando de captar su atención e invitarle a no ir. Al parecer, hacía treinta y dos años, Alphonse Van den Heede había contraído matrimonio con su primera esposa, de cuyo matrimonio había nacido su hijo, Donatien. Apenas seis años después del nacimiento del pequeño la marquesa había muerto gravemente enferma. Habían pasado diez años cuando se casó con la madre de su primera hijastra, la cual no había sido más que una sencilla mesonera en el pueblo antes de que los ojos del marqués se posaran en ella. Por lo visto, su segunda esposa también había muerto cayendo gravemente enferma tres años después de la boda. Su tercera esposa había sido con la madre de Emeraude, con la que se había casado otros tres años después. A Marius le sorprendió saber que los orígenes de la joven se remontaban a una vida de mendicidad en las calles de la aldea, que había podido sobrevivir a duras penas con la costura, y que a todo el mundo extrañaba que su madre y el marqués hubieran tenido una forma fácil de conocerse y entablar una relación. La madre de Emeraude había durado sólo dos años más, también había muerto por una fuerte enfermedad. Actualmente, el marqués se hallaba casado de nuevo, con una joven y vivaz esposa que había sido panadera antes de caer en sus brazos, y madame Blond le advirtió que ella moriría también enferma. Según ella, el marqués era un demonio que se alimentaba de las vidas de las mujeres para sobrevivir, y aseguraba que su parecido con su padre y su abuelo no existía, y que él se había cambiado por el verdadero marqués.

Marius nunca había atendido a cuentos de viejas, rumores e historias fantásticas, así que ignoró a madame Blond. En una aldea como esa era más que normal que las mujeres débiles muriesen por enfermedades sencillas. Él era médico, sabía de esas cosas. Por seguirle el juego, le dijo a madame Blond que tendría cuidado, pero que no podía rechazar la oferta de un marqués. Margerite ya era casi una anciana, y seguramente la pobre mujer se aburriría mucho sola en aquel enorme castillo.

A las ocho y media según su reloj de bolsillo, Marius se subió a su carruaje e indicó el camino a Théodore para que lo llevara a la casa de los marqueses. No tardó mucho en llegar a la larga escalinata de piedra que daba a las enormes puertas de caoba. Llamó con la aldaba tres veces y aguardó entrelazando las manos a la espalda. Una criada pálida y muy flaca, enlutada en su uniforme de la casa y con el cabello recogido en un moño muy apretado, guió al médico por el amplio recibidor de suelo ajedrezado y cortinajes oscuros hasta el salón.

Aquella pieza de la casa era una verdadera eminencia. Las paredes eran de un color miel intenso, los muebles de madera oscura estaban muy barnizados, un acogedor fuego crepitaba en la amplia chimenea francesa con repisa de mármol, frente al hogar reposaba una mesita de salón baja y de caoba sobre la que reposaban un par de botellas de buen vino, y unos pocos sillones de terciopelo la rodeaban en un medio círculo. Una alfombra de aspecto mullido y de color añil cubría el suelo, a juego con las cortinas echadas sobre las ventanas. Una lámpara con varios brazos que sostenían velas encendidas daba luz a todo el cuarto y la familia del marqués se volvió a mirarle, situados junto al fuego y cada uno con una copa de vino en la mano, cuando la criada lo anunció.

Marius buscó rápidamente a Emeraude con la mirada. Su cabello caía voluminoso y sedoso sobre sus hombros rizándose suavemente en las puntas, sus pestañas, ahora secas, eran largas y múltiples, asemejando sus pestañeos a los aleteos de una mariposa grácil, sus mejillas poseían un ligero tono rosado y su piel parecía más dorada que antes. Su cuerpo se veía adornado bellamente con un vestido de seda morada, dejando sus hombros y su escote al descubierto, adornados por una gargantilla de diamantes que rodeaba su cuello, ciñéndose en su pecho y en su abdomen y cayendo en una larga falda que arrastraba por el suelo. Una sonrisa se dibujó en su rostro al descubrirle, e inclinó levemente la cabeza con un gesto respetuoso.

Alphonse Van den Heede fue el primero en acercarse al médico, a quien le estrechó la mano con efusividad y una sonrisa. Marius sintió su enorme mano fría contra la suya. Era un hombre muy alto, cercano a los cincuenta y cinco años, con apenas canas en su cabellera negra y escasas arrugas en su rostro de piel clara. Sus ojos eran negros como la noche, su cuello fuerte como el de un toro y poseía un porte recio y atlético, con una espalda amplia y largas piernas. Vestía de negro, de forma muy parecida a él, sobrio pero elegante, con algún par de adornos de oro en la levita y el alfiler que brillaba en su fular.

-Bienvenido a mi casa, doctor Bahamonde –le dijo el marqués con una voz suave-. Soy el marqués Alphonse, y le agradezco que haya salvado la vida de mi hija. Si no hubiera sido por usted habríamos perdido a nuestra pequeña Emeraude.

Marius volvió a buscarla con la mirada y la descubrió sonriendo detrás de su copa de vino, mientras se los mojaba con el licor de Baco.

-Es un placer conocerle, Excelencia –correspondió al marqués, volviéndose a él-. Y ha sido un placer ayudar a su hija en el momento en que lo necesitó. No hace falta que me agradezca nada.

-No sea modesto, doctor. Ha sido toda una proeza, no me cabe duda, y nunca podré agradecérselo lo suficiente. Quiero que conozca a mi familia.

Alphonse le pasó un brazo sobre los hombros y lo llevó consigo hacia el pequeño corrillo. En primer lugar le presentó a su esposa, que le ofreció una copa de vino con una sonrisa espléndida y le tendió la mano para que se la besara. Madame Agnès era una mujer no mucho mayor que Emeraude. Marius le contaba veinticinco años, y realmente le parecía hermosa. Recogía sus suaves y lisos cabellos del color del chocolate en un elegante y despreocupado moño adornado con una brillante tiara de plata y diamantes, sus ojos castaños brillaban vivaces, sus mejillas tomaban un sonrosado color y su boquita de labios suaves se veía resaltada por un carmín ligero. Era bastante alta de estatura y poseía una figura delgada pero esbelta, que se veía oculta por el elegante vestido de seda que descubría sus clavículas en un escote redondo de puntillas a juego con los puños del vestido, que recaía hasta el suelo sobre un guardainfante.

El siguiente a quien fue presentado fue a Donatien, el único hijo del marqués. Después de una familia de tan armonioso atractivo Marius se preguntaba cómo él era dueño de un aspecto tan poco agraciado. Donatien debía tener treinta años, pero aparentaba unos pocos más, llevaba la cabeza casi rapada, tenía las cejas muy oscuras y pobladas, sus ojos eran pequeños y negros, sus orejas alargadas, su nariz aguileña y su piel cetrina, poseía un cuerpo delgado que el traje enlutado estrechaba más, era ciertamente alto y sus manos huesudas y enormes poseían unos largos dedos. Mientras Marius le estrechaba la mano pensaba que, si no fuera hijo de quien era, probablemente lo calificarían como grotesco.

En último lugar fue presentado a la primera hijastra del marqués, Victoire. Era también una muchacha bonita, sólo dos años mayor que Emeraude, de pestañas y cejas tan claras que eran casi invisibles, con unos increíbles y grandes ojos azul cielo, de piel blanquísima y con una melena plateada que había recogido en un moño sencillo y adornado con tres elegantes plumas color crema. Llevaba un vestido muy parecido al de su hermanastra, del mismo color que las plumas, y con un brillante collar de perlas de doble vuelta que adornaba su cuello. Tenía una voz tan suave como la de Emeraude, pero no fascinó tanto a Marius como lo había hecho su hermanastra.

-Así que ha heredado el viejo castillo –comentó Donatien, después de beber de su copa-. He oído que el antiguo dueño era su abuelo.

-Ciertamente –respondió Marius-. ¿Lo conocía?

-Apenas. No se dejaba ver muy a menudo.

-La verdad es que yo tampoco estoy muy seguro de quién era.

-Ya era hora de que llegara un médico a Lunatiquevillette –comentó con dulzura madame Agnès-. Llevábamos años sin uno.

Marius dio un sorbo a la copa comprendiendo entonces las muertes de las esposas del marqués.

-¿Y qué hacíais entonces cuando os poníais enfermos? –preguntó.

-La gente del pueblo acudía a una curandera que vive un poco apartada –le explicó Victoire-. Les vende remedios que no funcionan. Rumorean que es una bruja, pero son sólo cuentos. Se dicen de muchos seres fantásticos por aquí.

-Sí, algo así he oído.

-No me diga más, la vieja Margerite sigue en su castillo –dijo el marqués-. Me sirvió a mí hace unos años. Tuve que despedirla, no soportaba sus rumores. Pero le aseguro que es una empleada fantástica. En eso me costó perderla. Envíele usted mis saludos.

-Se los haré llegar, Excelencia.

La conversación siguió agradable y fluida hasta que la criada les anunció que la cena estaba lista. Marius se percató de que Emeraude no había pronunciado una palabra en toda la noche, que tan sólo sonreía cuando uno de sus hermanastros se inclinaba a susurrarle algo al oído, o cuando la mirada del médico se cruzaba con la suya. Se preguntaba si siempre sería así de silenciosa.

El marqués y su esposa se situaron junto a Marius mientras recorrían el pasillo en dirección al comedor, prosiguiendo con la charla. Los hijos del marqués los precedían. Al médico le llamó la atención que Donatien, situado entre las dos jóvenes, posaba su mano en la espalda de sus hermanastras, cerca de la cadera, y que ellas aceptaban el gesto con toda naturalidad, como si ya estuvieran acostumbradas.

La mesa del comedor no era tan grande como la de Rayos de Luna, pero sin duda resultaba inmensa. Un mantel de hilanza blanca cubría la mesa, rodeada por sillas de caoba, con la vajilla de fina porcelana, las copas de cristal, las servilletas de algodón y los cubiertos de plata. En una chimenea igual a la del salón ardía un cálido y acogedor fuego, coronada con un retrato de la actual familia del marqués, en aquella pieza las cortinas eran de terciopelo negro y una lámpara con más velas que la anterior daba luz a la estancia.

Alphonse se acomodó en la cabecera de la mesa, con su hijo a su derecha y su esposa a su izquierda. Junto a Agnès se sentaba Victoire y junto a Donatien Emeraude. Marius fue invitado a sentarse junto a ésta última, cuyo sitio ocupó rápidamente. La cena era toda una exquisitez. Una de las criadas dejó en el centro de la mesa un enorme y poco hecho lechón de un aspecto y sabor aún más delicioso. La conversación seguía su curso mientras despachaban la suculenta cena. Emeraude seguía callada, aunque prestando atención a la conversación. No hizo ningún comentario, se limitó a escuchar y a mirar. A Marius le preocupaba no poder conocerla tan bien como habría querido hacerlo.

Pero entonces ella levantó el rostro hacia él, con una de sus medias sonrisas.

-Cuénteme, doctor Bahamonde –dijo entonces-. Ha mencionado que ha viajado mucho. ¿Ha estado en la India?

-El año pasado –correspondió Marius, sonriendo también.

-¿Y es tan fascinante como he leído? ¿Ha visto los elefantes?

-Oh, sí, desde luego. Es un país verdaderamente impresionante. Debería verlo. Su cultura, su música, su religión… Todo es un verdadero festín de conocimientos, y me enseñaron muchos remedios que yo desconocía por completo. Y son personas ciertamente brillantes. Y por supuesto que he visto los elefantes, aunque me maravillaron aún más los que vi en África. Eran de mayor tamaño.

-¿También ha estado en África? ¿En todos los continentes?

-He pisado en todos ellos.

-¿Sí? Y parece usted tan joven… ¿Qué edad tiene, doctor?

-Treinta y cinco años.

Emeraude siguió preguntándole sobre sus viajes, con la mirada brillante de fascinación y sin perder detalle de cada una de sus palabras. Cada vez que ella hacía alguna pregunta, sin saber por qué, un impulso le obligaba a mirarla a la boca, seguir el movimiento de sus hermosos y jugosos labios cuando se acariciaban suavemente entre sí al tiempo que dejaban escapar lentamente todas y cada una de sus palabras.

La conversación había dejado a Marius en un estado hipnótico, como cuando la conoció en el lago y la miró a los ojos. Era como si el mundo no existiera a su alrededor, se mantenía ajeno al resto de todo lo que no fuera ella. Era como si estuviera atraído por el hechizo de una bruja, como si cada una de las palabras de Emeraude fueran un sortilegio que lo encantaban para que todos sus sentidos estuvieran pendientes de ella y todo lo demás. La veía comer y beber, pero él se había olvidado de que tenía un plato y una copa delante. Casi ni se percató de la voz de Alphonse cuando reclamó de nuevo su atención, que había llegado a sus oídos lejana, como si de un eco se tratase.

Tras ser interrumpida Emeraude no volvió a hablar, lo que hizo que Marius se lamentara por dentro. Aunque en cierto modo lo agradecía. No quería parecer estúpido pudiendo estar sólo pendiente de la joven.

Cuando hubo concluido la cena Alphonse invitó a Marius a acompañarlos a tomar una copa de brandy en el salón. Él se mostró enseguida dispuesto a ir con ellos. Cada hora que pasaba se acercaba el momento de despedirse de Emeraude, y él aún no había indagado en la joven tanto como le hubiera gustado.

La criada dejó una bandeja de plata que portaba un par de botellas de brandy y seis copas sobre un pequeño aparador que reposaba cerca de la chimenea. Las primeras copas ya estaban servidas, y cada uno se hizo con una para brindar porque la joven Emeraude siguiera con vida. Después Alphonse le ofreció un cigarro que Marius aceptó agradablemente. No fumaba a menudo, pero siempre lo hacía en las celebraciones. Y esa noche había un buen motivo que celebrar.

Marius no sabría decir en qué momento cambió la naturaleza del momento. No recordaba cuánto tiempo había pasado, cuántas copas de brandy había bebido. Sólo recordaba haberse acercado al aparador para servirse otra copa, y en algún momento Victoire y Emeraude se habían acercado a él. El resto de los Van den Heede quedó en el olvido, mientras ellas comenzaban una charla con sus suaves y sugestivas voces, que ahora poseían un casual deje sensual que Marius no recordaba haber apreciado antes. La que más hablaba era Victoire, de trivialidades y nimiedades, Emeraude la mayor parte del tiempo se dedicaba a mirarlo intensamente por detrás de la copa, mientras bebía.

-Debe ser un médico magnífico –dijo entonces Emeraude, repitiendo el proceso de beber y mirarle-. Tantos viajes que debieron darle tanta experiencia… Debía ser muy respetado en Flandes.

-Me gustaría ser modesto, pero no puedo decirle que no.

Victoire se rió. Una risa suave y discreta. Cuando deja de reír sus labios se curvan sugerentemente y se los lame para limpiar la humedad que el brandy ha dejado en ellos. Una sensación cálida y cómoda recorrió el cuerpo de Marius cuando hizo eso, y se volvió rápidamente a Emeraude, como si estuviera ahogando y ella pudiera darle aire. Pero tan pronto como se volvió a ella se le paralizó el corazón. De repente estaba muy cerca de él, casi rozándolo con su cuerpo, y no recordaba que hubiera estado tan cerca nunca. Podía sentir su respiración en su oído, y casi su tacto.

Hacía mucho calor, de repente, en aquel salón. Echó una mirada al fuego, como echándole la culpa, pero su crepitar lo sumía en un sopor acogedor y cálido que lo invitaba a dormir, y separó rápidamente la vista de él. Volvió a mirar a las dos jóvenes. El calor aumentaba por momentos. La ropa le incomodaba. Un sudor frío le recorría el cuello.

Ambas pusieron al mismo tiempo una de sus manos sobre sus hombros, y estaban más cerca de él que antes. Tenía calor, tanto calor.

-¿Se quedará en el pueblo mucho tiempo? –le preguntó Victoire, deslizando su voz suave en su oído, susurrando-. Nos agrada mucho tenerle aquí.

Marius tragó saliva y le dio un sorbo pequeño a la copa de brandy.

-Había pensado en quedarme.

-Eso es maravilloso. –La voz de Emeraude era la que sonaba ahora, con sus labios tan cerca de su oído que casi podía sentirlos rozándole-. Nos gustaría mucho que se quedara aquí, doctor. Ha sido usted mi pequeño milagro.

El corazón de Marius latía cada vez más rápido. Estaba atrapado entre las atrayentes fuerzas que rodeaban a aquellas dos mujeres colmadas de juventud, belleza y sensualidad.

-¿Y no deja a ninguna mujer en Flandes, doctor? –Las palabras de Victoire caracoleaban en su oído con un tono meloso-. ¿Ninguna novia? ¿O esposa?

Marius negó con la cabeza.

-No, estoy soltero.

-Seguro que era muy codiciado en Flandes. –El médico no veía a Emeraude, pero la sentía sonreír a su lado-. Se me hace difícil pensar que un hombre tan inteligente, apuesto y considerado como usted aún siga soltero.

-¿Y ha renunciado al matrimonio, o sigue en el mercado?

-Seguro que en cuanto las mujeres de Lunatiquevillette sepan de su soltería se le lanzarán a los brazos.

-Nosotras no estamos prometidas tampoco. Como sabe, no somos hijas naturales del marqués. No se hacen contratos de matrimonio con nosotras.

-Aunque sí tenemos muchos pretendientes.

-No me extraña.

Marius no sabía por qué había dicho. Las palabras de las dos jóvenes lo habían sumergido en un huracán de confusión y bienestar. Podría llegar a pensar que trataban de provocarlo. Pero eran dos jóvenes educadas y refinadas, no podían estar haciendo eso.

-No quería ofenderlas, señoritas –se apresuró a él.

La risa de Victoire volvió a vibrar en su oído, cantarina y melodiosa. Y a su vez sonó también la de Emeraude. Era la primera vez que la escuchaba reír. Una risa dulce, enternecedora, casi tímida. Era una risa armoniosa y encantadora.

-No nos ofende –lo disculpó Victoire-. A todas las mujeres nos gusta que nos halaguen.

-¿Le parecemos bonitas, doctor?

La pregunta de Emeraude le cortó la respiración y lo dejó de piedra. ¿Qué tipo de mujer preguntaba algo así? ¿Y por qué hacía tanto calor? Ella volvió a hacerlo, lo de mirarlo desde detrás de la copa mientras bebía, pero esta vez mucho más cerca, y sonriendo.

El sonido de las campanadas que anunciaban las doce sacó a Marius del embrujo en el que las dos jóvenes lo tenían sumido. Miró a ambas. De repente estaban más lejos, y no le tocaban. ¿Podría habérselo imaginado todo? Había sido como viajar a través de un sueño, pero le había parecido tan real. Y el marqués, su esposa y Donatien estaban frente a ellos, prestando atención a su conversación. Marius rezó por no sonrojarse.

-Qué tarde se ha hecho –comentó entonces Agnès-. Me temo que va siendo hora de ir a descansar.

-Tienes razón, querida –dijo Alphonse, sonriendo a su joven esposa-. Ha sido agradable tenerle con nosotros, doctor Bahamonde. –Le tendió la mano cortésmente-. Espero que volvamos a vernos pronto.

-El sentimiento es mutuo, Excelencia.

-Acompañaré al doctor a su coche –anunció Emeraude, y entrelazó su brazo con el de Marius. Aquella vez sí era verdad, ella estaba cerca, tocándolo, pero no con la misma sugestiva sensualidad de antes.

-Como quieras, querida. Buenas noches, doctor.

Se despidieron con cortesía y Emeraude condujo por el brazo a Marius en dirección a la puerta. Tenerla tan cerca era una sensación realmente agradable, y cada vez sentía más calor. Ni siquiera el fresco aire de la noche pudo arrebatárselo.

-¿Se ha divertido, doctor? –preguntó Emeraude, sonriéndole, mientras bajaban juntos los peldaños de la escalinata. Théodore ya lo aguardaba con el carruaje al pie de la escalera.

-Desde luego. Ha sido una velada muy agradable.

-Me alegro. ¿Sabe, doctor? Me gustaría volver a verle. Muy pronto.

Ambos se detuvieron en la mitad de la escalinata, mirándose profundamente. Emeraude aún sostenía el brazo de él y lo acariciaba distraída con una mano.

-Por supuesto, cuando quiera, señorita Emeraude.

-¿Le gusta cabalgar? Podríamos ir a dar un paseo por el pueblo y los bosques. Hay lugares fascinantes en Lunatiquevillette, aunque a simple vista no lo parezca.

-Me encantaría cabalgar con usted mañana.

Emeraude sonrió ampliamente y continuaron caminando escaleras abajo. Théodore abrió la puerta para que su señor se subiera al carruaje, pero antes Marius se volvió a la joven.

-Buenas noches, señorita Emeraude.

-Buenas noches, doctor Bahamonde.

La joven se volvió lentamente para volver a subir las escaleras. Marius se quedó mirando fijamente a su figura mientras se alejaba lentamente de él. Y aún tenía tantísimo calor.

-Va a desgastarla, señor –susurró Théodore, sonriendo.

-¿Te parece bonita?

-Verdaderamente es una joven bellísima.

-Théodore, no volvemos todavía a casa.

-¿No, señor?

-No. –Marius se subió rápidamente al coche, y cerró la portezuela después de que Emeraude cerrase la puerta de la casa-. Vamos a buscar un burdel.


Después de un par de jarras de vino y un pequeño flirteo con la joven prostituta que se había acercado a atender sus caprichos, Marius se fue con ella a un cuarto pequeño situado en la parte trasera del burdel, donde un sencillo camastro reposaba en una esquina. El médico comenzó a desnudarse furiosamente. Llevaba varios meses sin sentir el calor de una mujer en su cuerpo, y el calor que había sentido en la casa del marqués no había tenido nada que ver con el fuego, sino con sus bellas y seductoras hijastras. Victoire y Emeraude. No sabía si existía en el mundo una mujer más bonita que ellas. Lo dudaba. Con sus suaves palabras lo habían excitado sin apenas tocarle, y Marius sabía que no podría dormir hasta haberse aliviado.

Ninguna de las dos jóvenes se entregaría a él, eran mujeres de bien. Pero podía fantasear con ella mientras desnudaba bruscamente a la mujer tendida bajo su cuerpo sobre el catre, acariciando su cuerpo desnudo y jadeando. La penetró rápida y violentamente, sólo queriendo desahogarse, con los brazos anclados a ambos lados de su cuerpo. A veces veía el rostro de Victoire, pero casi constantemente veía el de Emeraude. La más joven de las hijastras del marqués era la que lo había fascinado, y sus pensamientos eran mayormente para ella. A Emeraude era a quien en verdad deseaba. A ella era a la que querría poseer.

Su cuerpo sudaba por el esfuerzo, mientras empujaba rápidamente dentro de la mujer, que gemía y se sostenía fuertemente a su cuerpo, con las piernas alzadas y la cabeza ladeada. A Marius no le gustaba visitar a las prostitutas, era médico y conocía el riesgo de acostarse con una de esas mujeres. Pero lo necesitaba. Emeraude y Victoire lo habían sumergido en un juego que tenía que acabar cuanto antes.

Cuando acabó se limpió y volvió a vestirse tranquilamente. Dejó a la mujer sus honorarios sobre la cama y salió con el sombrero en la mano y la ropa bien colocada. Mandó a Théodore que lo llevara a casa cuando le abrió la puerta del carruaje. La noche había terminado allí, pero mientras se acariciaba el bigote con los dedos se preguntaba qué pasaría cuando se encontrara al día siguiente con Emeraude.
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default Re: Rayos de Luna [Emeraude Van den Heede]

Mensaje por Katrina Volkova el Miér Sep 22, 2010 12:03 am

Wuauu...
Me lo voy a leer, dame tiempo!!
que entre lineas parece interesanteee Very Happy
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default Re: Rayos de Luna [Emeraude Van den Heede]

Mensaje por Kory Bouguereau el Miér Sep 22, 2010 9:49 pm

UUUUh ya por tener un Marius por ahí ya le doy ¡mi punto positivo!
No, a parte de eso lo que he leido me ha gustado, espero seguir leyendolo, está bastante bien escrito (yo no soy muy de letras, pero reconozco las cosas Smile )
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default Re: Rayos de Luna [Emeraude Van den Heede]

Mensaje por Emeraude Van den Heede el Sáb Oct 02, 2010 7:30 pm

OFF: Antes de continuar os doy las gracias por el interés. Espero que os guste.

Emeraude Van den Heede aguardaba en el patio de armas montada sobre un poderoso ejemplar de semental árabe, de un intenso color negro y de aspecto feroz. Mientras Marius se acercaba a ella desde los establos subido a lomos de Triumphus se preguntaba si sería el mismo caballo que la había tirado al lago. Recordaba que el marqués había mencionado que había querido sacrificar al animal cuando fue encontrado en el bosque, pero que Emeraude lo había impedido. Había sido un gesto adorablemente humilde.

Estaba preciosa con aquel traje de montar de terciopelo verde oscuro, a juego con una gorra con plumas que coronaba su cabeza. A Marius le llamó la atención que montase a horcajadas sobre el caballo, y no a lo amazona. Aquel era otro aspecto que no le parecía propio de una dama.

-Buenas tardes, señorita Emeraude –la saludó cortésmente, quitándose el sombrero de la cabeza.

-Buenas tardes, doctor.

-¿Es ese el animal que os tiró al lago?

-Sí. Tenía que perdonarle, doctor. El pequeño Boreas lleva mucho tiempo conmigo.

-¿Le puso usted ese nombre?

-Sí, viento del norte. Fue lo primero que se me ocurrió cuando el marqués me lo regaló. Tenía quince años. –Emeraude le dio unas palmaditas al caballo en el cuello-. ¿Está listo para salir a cabalgar, doctor?

-Claro. Guíeme, yo la seguiré.

Emeraude puso su caballo en marcha y Marius fue tras ella. Loup apareció en una de las esquinas del patio y rápidamente corrió a instalarse junto al caballo de su amo, ladrando contento. A la joven no parecía incomodarle la presencia del animal, sino más bien gustarle, así que no impidió al perro acompañarles.

Recorrieron el camino hasta el pueblo hablando acerca del tiempo y otras nimiedades. Ciertamente aquel día las nubes sí estaban a punto de descargarse, y a Marius le preocupaba que la lluvia le estropease su paseo con Emeraude. Suponía que ella hacía eso a menudo. Después de todo, la había conocido después de que ella saliera a cabalgar. Suponía que no había mucho más que hacer en Lunatiquevillette. En Flandes normalmente las damas pasaban las tardes con modistas y en reuniones de té, pero no parecía haber más nobles en el pueblo. Bueno, así podía ser mejor. Más ocasiones tendría Marius de verla.

La gente parecía escasear en las calles estrechas y sin pavimentar del pueblo, pero Emeraude aseguró a Marius que había muchos habitantes para ser una aldea pequeña. Le explicó que normalmente trabajaban durante todo el día en sus oficios, y los que no lo estaban haciendo se pasaban las horas en la única taberna del lugar, situada en la plaza del pueblo, la cual contenía en su centro un pozo medieval y donde se erigía también la iglesia. Emeraude comentó, casualmente, que acudía allí con su familia todos los domingos por la mañana. A Marius le pareció entender una invitación en sus palabras, pero no dijo nada. En Lunatiquevillette eran protestantes, como él, y no le importaría acudir a una ceremonia religiosa por volver a verla, aunque no tuviera demasiada fe en Dios.

Emeraude guió a Marius hacia el bosque atravesando un río pequeño sobre un puente de piedra y después se internaron entre los árboles desnudos. Las hojas secas crujían bajo las pezuñas de los caballos con cada paso y el viento soplaba ligero entre las ramas de los árboles. Marius estaba seguro de que en primavera sería sin duda un bosque precioso. Ella lo llevó hasta un claro que figuraba junto a la orilla del río que llenaba el lago. Una pequeña cascada descendía cayendo sobre unas resbaladizas rocas y los árboles se cernían a su alrededor. Sin duda, cuando recuperasen las hojas, debían dar una sombra perfecta para los días del verano.

Se sentaron juntos sobre la hierba, junto a un enorme roble cercano al río. Loup fue a tumbarse con la cabeza apoyada en el regazo de Emeraude, que distraída sumergía los dedos en el pelo del animal. No era una tarde muy fría, para tratarse de noviembre, y la brisa se apagaba continuamente.

-Así que no es hija del marqués –comentó Marius.

-No. Mi madre se llamaba Magdalene, malvivíamos de alguna de sus costuras. El marqués y ella se conocieron cuando yo era una niña. Su sastre había tenido que irse a comprar nuevo género porque había despedido a su ayudante, y necesitaba que alguien le cosiera unos ornamentos en una chaqueta. Contrató a mi madre y se enamoró de ella. Él me adoptó y me dio su apellido. Alphonse ha sido siempre un padre para mí.

-¿Y su verdadero padre?

-No lo conozco. Mi madre tampoco lo conocía.

-No quise importunarla.

-No se preocupe. No me avergüenza. Hasta los seis años vivía de limosnas y basura, ¿por qué iba a avergonzarme?

La expresión de Emeraude se endureció unos instantes, pero después súbitamente sonrió, mirando de nuevo hacia Marius.

-¿Puedo sincerarme con usted, doctor? –preguntó ella.

-Claro.

-Me siento muy a gusto con su compañía.

Marius sonrió al escucharla. Ella lo miraba con esa misma intensidad con la que lo había hecho la noche anterior. Daban ganas de perderse en esos ojos oscuros para siempre. Le agradaba que Emeraude agradeciera tanto su presencia como él.

Bueno, no es que Marius agradeciera la compañía de la joven, sino que era, desde el momento en que la había conocido, lo que más ansiaba. Ninguna mujer había provocado ese deseo en él, ninguna mujer le había hecho sentir ganas de frotarse contra ella hasta dejar de ser asaltado constantemente por aquel deseo febril. Siempre había podido controlar esos pensamientos para con otras mujeres, pero con Emeraude no podía evitar sentir ganas de levantarle la falda y acariciarle en el interior de los muslos. Era una visión celestial poder admirar sus párpados cayendo con un sopor natural y apreciar la curva gruesa de sus labios, sus manos de pianista entrelazándose sobre la falda, la forma en cómo desviaba los cabellos que caían de su rostro con una grácil y casual sacudida de cabeza. Se preguntaba si algún día empezaría a saciar esa hambre por ella que lo estaba consumiendo.

Una gota cayó sobre la mano de Marius y alzó la vista al cielo. Una ligera llovizna había empezado a caer, y el paseo tocaba a su fin. Se alzó del suelo y tendió una mano a la joven para ayudarla a ponerse en pie también. No quería que aquella tarde terminase tan pronto, así que suspiró profundamente y se decidió a hacerle una invitación a la joven.

-¿Le gustaría cenar conmigo esta noche, señorita Emeraude? –preguntó gentilmente él, mientras caminaban en dirección a los caballos.

-¿Con usted? –Emeraude levantó lentamente su mirada hacia él, con un inmenso aire de sorpresa-. ¿Le gustaría cenar conmigo?

-Sería un gran honor para mí.

-Por supuesto, doctor. Cenaré con usted más que encantada.

-¿Debemos comunicárselo al marqués?

-No, no os preocupéis. Me ofrece más libertad de lo que debería.

Marius no cabía en su gozo. Que Emeraude hubiera aceptado hacerle compañía aquella noche lo colmaba de dicha. Por fin tendrían un tiempo a solas para poder intimar un poco. Marius no recordaba haberse interesado tanto en ninguna otra persona. Emeraude era como un tesoro que todo el mundo buscaba. Era un abismo a otro mundo mejor.

La lluvia se intensificó cuando llegaron al pueblo, y corrieron al galope en dirección al castillo. Dejaron los caballos en el patio de armas, en manos de un criado, y corrieron a refugiarse dentro del castillo, pues el aguacero ya había llenado de lodo el suelo y ya los había dejado completamente mojados. Calados hasta los huesos y completamente empapados, goteando sobre el suelo, se miraron entre ellos y rompieron a reír.

-No buscamos un buen día para nuestro paseo –rió ella-. Podemos retomarlo cuando se despejen las nubes.

Marius ordenó a Margerite, en el momento en que fue a atenderlos, que preparara un baño caliente y ropa seca para Emeraude. La joven se lo agradeció alegremente, y marchó hacía la planta superior con el ama de llaves. Entretanto él marchó a buscar a Virginia para que le preparara un baño caliente a él también. Le ordenó también preparar cena para dos y mantener las chimeneas del salón y el comedor encendidas.

Cuando bajó al salón Emeraude aún no había bajado. El salón de Rayos de Luna era una habitación cuadrada y de grandes dimensiones, con una espléndida chimenea y un par de sillones de terciopelo situados ante una mesita baja de madera. Algunos tapices de batallas adornaban las paredes y dos amplios ventanales daban a los jardines. Marius se sentó en uno de los sillones a esperar a Emeraude, con una copa de coñac que Théodore le había llevado previamente. Por fin tendría tiempo para estar con ella, sin que nada pudiera molestarlos.

Emeraude apareció minutos después en el comedor. A Marius se le cortó la respiración en cuanto la vio. Las criadas le habían dejado un largo vestido blanco, de mangas amplias y con corpiño. No estaba muy seguro de dónde habían sacado ese vestido, porque dejaba vislumbrar un escote tan amplio que al médico le costaba ser educado y poder apartar la vista de los dos pesados y tersos volúmenes que se presentaban ante sus ojos.

-¿Os ha sentado bien el baño, señorita? –le preguntó cuando tomó asiento frente a él.

-Ha sido ciertamente gratificante. Agradezco su generosidad.

-No se preocupe. –Marius hizo un ademán con la mano, restándole importancia al asunto-. Espero que todo haya estado a su gusto.

-Desde luego.

Apoyado en el reposabrazos del sillón, Marius podía observar la majestuosa elegancia de la mujer que tenía frente a él. Costaba creer que hubiera nacido de condición humilde, y sobre todo en la pobreza que ella le había descrito.

-Hábleme de usted, señorita Emeraude –le pidió entonces-. Apenas sé nada de usted.

-¿Y qué puedo decirle, doctor? Lo cierto es que no tengo mucho para contar. Ya sabéis lo que sucedió antes de entrar en la casa del marqués. He de confesar que no soy nada interesante. Ni siquiera he estudiado nada de provecho. He dado unas cuantas clases de piano, no toco mal. La próxima vez que vaya a mi casa interpretaré una pieza para usted.

-Me complacería mucho escucharla.

-Es un hombre realmente galante, doctor Bahamonde. Siempre tiene una respuesta agradable.

-Y sincera, señorita.

-No me cabe duda. Usted no me mentiría, ¿verdad?

¿Confiaba tanto en ella? Probablemente.

-Por supuesto que no, señorita. Jamás.

La sonrisa de Emeraude lo desarmó. Era diferente a cualquier otra que le hubiera mostrado. Sonreía de lado, con los párpados caídos y un tono sugestivo en la forma de alzar las cejas. El vestido le quedaba un poco grande, y justo en ese momento una de las mangas se deslizó por su hombro, dejándolo desnudo y descubriendo un poco más su seno izquierdo. Marius recorrió con la mirada la curva de ese hombro y seguidamente detuvo unos instantes sus pupilas en el escote, antes de reaccionar rápidamente para volver a mirar los ojos de ella.

-Mencionó anoche que tenía muchos pretendientes –comentó Marius, casual.

-Así es.

-¿Y hay alguno en especial?

Emeraude se encogió de hombros despreocupadamente y se echó hacia atrás en el sillón.

-Realmente no –comentó ella, distante-. Demasiados nobles estirados. Pero va llegando la hora de que me comprometa. El marqués me acogió en su casa cuando necesitaba a alguien, tengo que devolverle el favor. Probablemente él elija a mi futuro marido.

Eso iba más lejos de las expectativas de Marius. Él nunca había concebido eso del matrimonio. Le resultaba absurdo. Y no le importaba dejar el mundo sin descendencia, y en el caso de que cambiase de idea no veía nada malo en dejar su legado en manos de un hijo bastardo.

-Aún me pregunto cómo cayó dentro del lago –comentó, recostándose también en su asiento-. ¿Dónde estaba el caballo, señorita?

-Arriba, desde donde desciende el agua del río –respondió ella-. Siempre solemos pasar por allí. Supongo que alguna serpiente o alimaña lo alteró.

-Me parece sorprendente que sobrevivierais.

-También a mí me lo parece. ¿Pero por qué buscarle cinco pies al gato? Lo importante de la mala experiencia es que esté a salvo. ¿No cree, doctor?

-Por supuesto. Esa es la mayor prioridad.

-Es un hombre muy distinto a cómo lo imaginaba la primera vez que lo vi, doctor. Pensé que sería más serio, más formal.

-¿Y es bueno o malo que sea diferente?

-Bueno, creo. No estoy segura. Apenas le conozco. Aunque si se queda supongo que tendremos mucho tiempo para descubrirlo, ¿no?

Ella sonrió de nuevo de lado, ahuecándose el cabello aún húmedo del baño con una mano, con un brillo intrigante en la mirada oscura.

-Espero que así sea. –Marius alzó la copa de coñac, como brindando por ella-. Realmente siento mucho interés en usted, señorita Emeraude.

-¿De veras?

-Le dije que jamás le mentiría, ¿no?

La sonrisa que Emeraude le dirigió después de escuchar sus palabras hizo que le fastidiara más todavía oír a Virginia decirle que la cena ya estaba lista. Se arrepentía de no habérsele ocurrido demorar más la cena para pasar un poco más de tiempo a solas junto a la joven, porque aunque también se hallaran solos durante la cena en cuanto terminara ella volvería a su casa, y Marius no sabía cuando podría volver a verla.

Emeraude se sentó a su lado durante la cena, mucho más cerca de lo que esperaba que fuera a estar, y lo mantuvo entretenido con una amena conversación preguntándole acerca de sus viajes. Marius no la escuchaba, sino que la oía casi lejana, porque su imagen inmaculada y hermosa se superponía ante cualquier otra cosa que pudiera suceder a su alrededor. El contestaba a sus preguntas automáticamente, casi inconsciente, sin siquiera pararse a pensar en las palabras que salían de su boca, porque sus ojos estaban fijos en ella y era lo único que cautivaba su atención.

Cada movimiento de Emeraude resultaba magnífico a los ojos del médico. Cómo llevaba el tenedor a sus labios para después deslizarlo por ellos, cómo se limpiaba pulcra y cuidadosamente con la servilleta, cómo no le quitaba la vista de encima mientras se acercaba la copa a su boca para beber, cómo movía de vez en cuando los dedos para apartarse el cabello aún húmedo después del baño, cómo se chupaba las yemas cuando se le ensuciaban con la comida, cómo sonreía al escuchar alguna de sus anécdotas más ingeniosas, cómo se movían sus pechos cada vez que respiraba bajo aquel pronunciado escote, cómo cruzaba y descruzaba las piernas por debajo de la mesa, cómo cruzaba sus manos para apoyar en ellas su mentón mientras lo escuchaba con toda atención. Cada gesto, cada movimiento, cada detalle en ella parecía sublime. Como un retrato demasiado bien hecho.

Cuando acabó la cena Marius le pidió a Virginia una botella de brandy para intentar alargar el momento al menos un poco más. Él mismo llenó un par de copas, una para cada uno, y se recostó hacia atrás en su silla para tener una mejor vista de Emeraude. Ella parecía embellecer por momentos, y él empezaba a tener mucho calor otra vez, como la noche pasada cuando se había encontrado hablando con ella y con Victorie. Se desabrochó un botón de la camisa para intentar refrescarse, pero no lo logró. Era como si la ropa de repente lo molestara.

-¿Le sucede algo, doctor? –preguntó entonces ella, sacándolo de su trance.

Marius acabó perdiendo la noción del tiempo mirando a la joven. ¿Cuántas copas de brandy había tomado? ¿Dos, tres? No lo recordaba. Emeraude lo había tenido hipnotizado, como si ella fuera dueña de su voluntad. Se sentía bastante embriagado, y a juzgar por el aspecto de Emeraude ella también lo estaba. Su mirada era lánguida y brillante, y sus párpados estaban un poco más caídos. Su pelo se había secado en algún momento de la noche. ¿Cuánto tiempo había pasado?

-No, no sucede nada, señorita Emeraude –contestó él, cogiendo la botella para volver a llenar ambas copas, que se habían quedado vacías-. Estoy perfectamente.

Ella soltó una risilla suave y melodiosa. Los labios de Marius se quedaron secos y se pasó la lengua por ellos para humedecerlos, recorriendo con las pupilas la curvatura suave de la nuca de Emeraude, descubierta porque se había echado el pelo a un lado. Con sus alargados y delicados dedos se acercaba a la boca la copa de brandy y bebía observándolo desde el borde, con un cierto punto insinuante en los ojos, como la noche anterior. Al médico le entraron ganas de tocarla, comprobar si su piel era tan suave como parecía. Pero no lo hizo, no le pareció muy cortés.

-Aún no ha cesado de llover. –La voz de ella se colaba lejana en sus oídos. De repente parecía que estaba más cerca de él. ¿Cuándo se había acercado tanto?-. Ha aumentado. ¿Le importaría que me quedara a pasar aquí la noche, doctor?

-¿No se preocupará el marqués?

-Oh, ya lo imaginará. Por aquí no conviene salir cuando llueve tanto. Es mejor mantenerse refugiado.

-De acuerdo. Mandaré a las criadas que le preparen una habitación en…

-No –lo interrumpió ella con un susurro dulce, con los labios cerca de su oído-. No molestemos a los criados a horas tan tardías.

A Marius se le cortó la respiración cuando Emeraude empezó a acariciarle el cuello con las suaves puntas de sus dedos, siguiendo la curva de su nuez primero y la línea de su yugular después.

-¿Qué hora es?

-Son las tres, doctor. ¿No ha oído las campanadas?

¿Las tres? ¿Cuándo se había hecho tan tarde? Buscó con la mirada el reloj de pie que había junto a la puerta del comedor. Eran las tres y dos minutos exactamente. Qué rápido pasaba el tiempo cuando estaba con Emeraude. Demasiado rápido.

-Está bien. ¿Qué proponéis entonces? –le preguntó a ella, que todavía acariciaba su cuello.

-Podría acostarme con usted.

El corazón de Marius empezó a palpitar frenéticamente. No podía creerse que ella le hubiera hecho una propuesta semejante. No quería juzgarla ni pensar de forma indebida, pero ella no le daba muchas otras opciones. Y ninguna dama corriente se ofrecía a dormir con uno porque sí.

-¿No se sentirá violenta durmiendo conmigo, señorita?

Ella rió, divertida. Se deslizó la lengua por los labios con un malicioso brillo en la mirada y dejó de acariciar el cuello del médico.

-He dicho acostarme, doctor, no dormir.

Ahora si que no podía dar crédito a lo que acababa de oír. Marius se volvió rápidamente a ella, abriendo mucho los ojos, preguntándose si se habría imaginado ese comentario a causa de la embriaguez.

-¿Cómo?

-Vamos, doctor. No se comporte como si no me comprendiera. He visto cómo me mira, cómo sigue cada uno de mis pasos y mis movimientos. ¿Acaso va a negar que no me desee? –Posó su mano sobre el muslo de Marius y acarició levemente sobre su pantalón, acercándose peligrosamente a su sexo-. Recuerde que juró no mentirme nunca.

-Yo… No me parece correcto, señorita Emeraude.

-¿Por qué?

-No creo que sea prudente arruinar a la hija de un marqués.

Emeraude soltó una carcajada vivaz y divertida. Parecía que el comentario no podría haberle hecho más gracia. Acarició la mejilla de Marius acabando de reír, negando lentamente con la cabeza.

-Pero, doctor, ¿quién le ha dicho a usted que yo sea virgen?

Marius quedó completamente sorprendido al escucharla. Parecía sincera. ¿Qué tipo de mujer de su estatus se dejaba desvirgar antes del matrimonio y se mostraba tan receptiva a tener un amante?

-No soy una marquesa de verdad –le recordó ella-. No voy a casarme con ningún noble que me pueda rechazar. ¿Qué importa mi virginidad?

Emeraude ladeó la cabeza y acarició con sus labios la curva de la yugular de Marius y después la lamió lentamente. Aquel gesto hizo que el médico se sostuviera con fuerza a los reposabrazos de su asiento. Normalmente era él quien seducía a las mujeres, y no al contrario. El comportamiento de Emeraude realmente le desconcertaba, lo dejaba confuso y desorientado ante ella. Era sin duda alguna el espécimen humano más exótico que hubiese conocido nunca.

-¿No me deseáis, doctor? –preguntó ella con voz melosa, cerca de su oído.

- –contestó él, incapaz de poder mentir y contenerse. Era la verdad, y ella parecía corresponderle. ¿Por qué ocultarla?

Casi no fue consciente de nada cuando Emeraude se alzó en su asiento y alcanzó su boca para posar los labios sobre los de él. Marius reaccionó enseguida, como en un acto reflejo, como si tuviera que hacerlo y no pudiera remediarlo. Sus labios se deslizaron sobre los de ella, abriéndose, y sacó la lengua para acariciar los de ella, buscando que le hiciera un sitio dentro de ella. La joven abrió su boca, invitadora, lamiendo la lengua de Marius con la suya, acariciando sus labios con los ojos cerrados. Emeraude le besaba profundamente, y cuando posó una de sus manos en la nuca de él para atraerlo más hacia sí Marius no pudo resistirse más y se decidió a tocarla. Dejó sus manos en su espalda primero, para tenerla más cerca.

Y de repente todo cambió en Emeraude. Echó a Marius contra el respaldo de su asiento, empujándolo por un hombro, se levantó de su silla y se puso sobre él, a horcajadas sobre su cuerpo. Su beso se volvió más frenético y profundo. El médico dejó vagar sus manos por la espalda de ella, besando y dejándose besar. Se entretuvo primero jugueteando con los cordones del vestido de ella y después deslizó sus manos hasta sus caderas, sintiendo que poco a poco su erección iba creciendo debajo de sus pantalones. Profundo, suave, lánguido, cálido y húmedo. El beso profundo de Emeraude lo desarmaba, y no podía evitar dejar que el deseo se apoderase de su voluntad.

-¿Quieres llevarme a tu cama, Marius? –le preguntó ella con un jadeo provocador, cerca de su oído.

El médico gimió en cuanto la oyó, por toda respuesta, y la hizo alzarse de la silla para llevársela con él, escaleras arriba. Como en la historia de Orfeo y Eurídice, Marius la llevaba de la mano, pero sin atreverse a mirar atrás. No quería volverse y descubrir que el alcohol y su imaginación le estaban jugando una mala pasada. Pero no fue así, porque cuando se decidió a volver a mirarla antes de entrar en el cuarto ella lo seguía complacida y decidida, por propia voluntad.

El dormitorio estaba en una ligera penumbra por la escasa iluminación de un cabo de vela que reposaba sobre la mesilla y por el color oscuro de las paredes. Marius empujó a Emeraude con cierta brusquedad contra la pared, a un lado de la puerta, y empezó a besarle, sin poder resistirse ni un segundo más, el cuello y el escote. Su piel resultaba muchísimo más suave de lo que había imaginado, y más deliciosa. Su olor lo embriagaba, convirtiéndolo en su eterno esclavo. Cubrió con sus manos los pechos de Emeraude, y los sintió cálidos y acogedores bajo sus palmas, sus caderas se movieron de forma involuntaria en una embestida contra las de ella, necesitado, urgente de aliviar el deseo que llevaba tan escasos días desgarrándolo por dentro. La joven sumergió sus largos dedos en los cabellos del médico jadeando con cierto desenfreno, dejándose hacer, y aquello fue lo que acabó por desarmarlo.

La levita de Marius cayó al suelo y Emeraude soltó algunos botones de su camisa. Él alargó la mano hacia el costado de la joven para desatarle los cordones que sostenían el vestido y bajó sus tirantes provocando que se deslizara por el cuerpo semidesnudo de ella. Se inclinó a besarla una vez más, un poco más suavemente que antes, tomándoselo con calma, y luego la cogió en brazos para llevarla consigo hasta la cama, recostándola con sumo cuidado sobre los almohadones. Él se deshizo de las botas y los pantalones al sentir el pálpito de su erección clamando por salir y se tumbó de lado junto al cuerpo de ella. Jugó con los cordones de su corsé antes de sacarlos y desprendió los enganches del liguero de sus medias para podérselo retirar. Admiró maravillado sus pechos y los acarició con suavidad. Ella sonreía mirándolo, apartándose el pelo de la cara, invitándole a tocarla aún más. Marius inclinó la cabeza para posar la boca sobre sus pechos, los acarició con los labios y besó y succionó sobre sus pezones. Resultó delicioso oír los suaves clamos de ella cuando lo hizo. Se arrodilló para descalzarla y deslizó muy lentamente sus medias por las piernas de ella, queriendo acariciarlas, besando sus rodillas cuando las descubría, acariciando el empeine de su pie al terminar de retirarle las medias.

Marius acabó de desvestirse el primero, antes de decidirse a deslizar los dedos en el interior de la ropa interior de Emeraude para quitársela. Ella abrió las piernas, invitándolo, y extendió los brazos por encima de la cabeza. Al médico aún le parecía un sueño encontrarla tan deseosa como él de hacer el amor. Era sin duda una mejor sorpresa de lo que podía esperar.

Él se introdujo entre los dos muslos de ella y comenzó a besarle los pechos de nuevo, lamiéndolos en círculos, acariciándolos fuertemente con sus manos. El cuerpo desnudo de Emeraude ante él era una visión exquisita, y no quería desaprovechar el momento. Ella se alzó un poco para acariciar su amplia espalda y besar sus hombros, mordisqueando suavemente sobre ellos. Marius ya no tenía calor; se sentía ardiendo por dentro y por fuera, y sólo quería a Emeraude y nada más. Cubrió su sexo con su mano y sonrió al comprobar que se hallaba húmedo, y volvió a besarla en la boca mientras presionaba con sus dedos sobre él.

-Cúbreme –le pidió ella con un gemido, arqueando la espalda y pegándose más a su cuerpo.

En ese momento Marius no podía negarle nada. Habría hecho cualquier cosa que Emeraude le pidiera. Cualquier cosa. Habría hecho cualquier cosa para complacerla. Así que se arrodilló entre sus piernas, se echó hacia delante y buscó su sexo para finalmente penetrar dentro de ella.

La joven volvió a arquear la espalda, mordiéndose los labios y alzando las caderas, deleitada, cuando Marius estuvo completamente dentro de ella. Cerró los brazos alrededor de su cuerpo para que permaneciera cerca de ella. El médico embestía en su interior sin prisas, pero intensamente. Acariciaba al mismo tiempo sus muslos y sus senos, a veces deslizaba los dedos en su cabellera oscura y otras comenzaba a succionar sobre su cuello, dejando inconscientemente la marca de su paso por allí en él. Se frotaba contra ella en cada empellón, sintiéndola temblar y removerse placenteramente bajo su cuerpo, sabiéndola cada vez más próxima a él. ¿Quién iba a decirle que esa muchachita era toda una experta seductora? Se alegraba de que así fuera. Le daba igual que hubiera sido virgen antes de esa noche o no. Lo que quería era tenerla a ella, y ahora que lo había conseguido iba a hacer lo imposible por retenerla.

La naturaleza del acto se tornó despiadada y febril. Él empujaba cada vez más rápido y más poderosamente contra Emeraude, ella se frotaba contra el cuerpo de Marius más frenéticamente. La joven acabó estallando en un orgasmo profundo, en absoluto pudoroso, presionando con sus muslos las caderas del doctor, sumergiendo los dedos en su cabellera, atrayendo su boca a sus pechos, echando hacia atrás la cabeza, con los labios enrojecidos de haber sido intensamente besados y mordidos para resistir los clamos de placer que querían escapar de su boca.

Emeraude poseía una pasión que ninguna otra mujer le había ofrecido a Marius. Cerraba las piernas alrededor de sus caderas, moviéndose con él al ritmo que le imponía, sosteniéndose con las manos extendidas por encima de la cabeza al cabecero de la cama, sin quitarle los ojos de encima y con los labios entreabiertos para soltar algún breve gemido que detonaba el placer que le ofrecía. Él acariciaba su cuerpo ansioso, todavía sin poder creerse que Emeraude fuera la que estaba allí, aquella que apenas unas horas atrás le había parecido tan inalcanzable. Poder degustar el sabor de su piel, deslizando su lengua por los lugares más sensibles y tiernos para hacerla temblar y arquear la espalda, era más de lo que había imaginado. Poder susurrar su nombre en su oído, jadeando, con el cuerpo perlado en sudor a causa del acto y los músculos tensos por el brío que empleaba, era toda una fantasía hecha realidad. Le gustaría saber qué otros secretos maravillosos ocultaba Emeraude. Y quería descubrirlos todos y cada uno con el mismo cuidado y devoción que se apoderaba de su cuerpo.
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Emeraude Van den Heede
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