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Uriel du Ciel || Ian Al-Hammid

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default Uriel du Ciel || Ian Al-Hammid

Mensaje por Uriel du Ciel el Jue Dic 02, 2010 10:07 pm

- Nombre: Uriel du Ciel || Ian Al-Hammid

- Edad: 25 años

- Especie: cazador

- Clase Social: media, aunque vive casi como cuando vivía con sus padres de clase baja.

- Avatar (Nombre del Famoso): Hyde

- Lugar de Origen: desconocido. Se crió en España hasta que su familia fue asesinada y acto seguido fue reconogido por Zanael, su mentor, y llevado a Roma.

- Poderes: sus poderes se basan en el conocimiento sobre maleficios, bendiciones, seres de otro plano (osease, espíritus), meditación e invocaciones. Se ayuda de pociones o amuletos impregnados dada la poca práctica que tiene con la magia. A veces, cuando duerme, ve pequeños retazos de cosas que ocurrirán, pero al ser su habilidad menos desarrollada por no haber tenido mentor rara vez es capaz de recordar lo que sueña. Normalmente debe ser algo muy llamativo para lograrlo. Esto se debe a que tiene sus sentidos extrasensoriales bastantes más desarrolados de lo normal. en numerosas ocasiones, Anael, una de sus maestras y excelente hechicera (leer historia para saber más), le comentó que probablemente su madre también se dedicara a la hechicería y él había heredado sus habilidades.

- Descripción Física: Uriel es un joven de estatura alta, bastante más de la media habitual, y cuerpo delgado que le da un aspecto de engañosa fragilidad. No obstante, sus musculatura fibrosa es bastante fuerte, ventaja a favor aunque no lo apatente, y tan flexiblw que a veces hace parecer sus movimientos semejantes a los de un felino que acechara su presa. Sus ojos delatan su ascendencia mágica, dado que normalmente son cafés, pero tienen la curiosa tendencia a oscurecerse si Uriel entra en trace o percibe la presencia de un ser de otro plano (demonio o fantasma, con los murciélagos y los lobos no surte efecto). No obstante, al variar tan poco esa tonalidad, es casi imperceptible al ojo humano. Su piel caucásica, sensible al clima, tiende a volverse alarmantemente pálida con el frio y destaca su melena que tiempo atrás fue rubia, pero ahora luce el negro del ébano (más información en el último capítulo de la historia). Suele vestir prendas oscuras para confundirse con las sombras y aportar severidad a su rostro aniñado.

- Descripción Psicológica: como casi todo monje de su edad, le cuesta mostrarse como un hombre adulto y maduro. No obstante, tal vez debido a los acontecimientos transcurridos durante su infancia, suele mostrarse indiferente ante todo. Su capacidad de juicio es extraoordinaria y sus consejos, atinados y acertados. Por contra, es un hombre al que le gusta pasar desapercibido. Hace mucho tiempo que sus sentimientos quedaron dormidos bajo la capa de hielo y piedra que cubre los corazones de todos los miembros de su Hermandad, aunque irónicamente esto es algo que lo reconcome por dentro al preguntarse si esa neutralidad no es demasiada inhumana para todos ellos, siendo esto algo que lo lleva a cuestionarse seriamente las reglas de los Angelus y la propia Iglesia. Su sentido del humor es bastante irónico, algo que contrasta en demasia con esa habitual solemnidad que hace parecer que lo tiene todo bajo control, aunque no sea así.

- Orientación sexual: bisexual

- Temores: que la neutralidad que apaga sus sentimientos lo lleve a convertirse en un monstruo, equivocarse en sus decisiones. Tener sentimientos fuertes hacia alguien o algo (ya sea amor u odio), ya que ellos podría acarrearle problemas con los suyos o consigo mismo al nublar su objetividad. La idea de que Gabriel haya destruido la amistad entre ambos por culpa de su orgullo y sus celos, así como dececionar a Anael o Zanael.

- Casa (lugar donde está situada): Italia, cerca de la Ciudad del Vaticano.

-Historia:

Vida entre llamas
Spoiler:
-¿Cómo te llamas, chico?

Ian permaneció cabizbajo y con la vista clavada en el suelo. Sus ojos estaban enrojecidos a causa del llanto y de hecho aún le escocían. Pero no iba a llorar. No delante de aquel Consejo sobre el que tantas leyendas urbanas circulaban, la mayoría de ellas erróneas. Pareciera que su legua hubiera sido cortada en el incidente del que acababa de escapar, y no era para menos. Una vez más, por pura curiosidad, se atrevió a levantar la mirada. Frente a él había un hombre maduro, de unos cuarenta y cinco años, que vestía una túnica de monje. Pero Ian, a sus siete años, sabía perfectamente que aquel no era un monje cualquiera.

-No tienes por qué temer, pequeño- le dijo su interlocutor con una sonrisa que a Ian se le antojó demasiado forzada para la ocasión. Se veía a leguas que no estaba habituado a tratar con niños -. Todo acabó, nadie más va a volver a atacar tu casa...
-Es un poco tarde para eso.

Las palabras de Ian destilaban reproche y su voz temblaba de puro enojo. El monje, por su parte, se limitó a arquear una ceja y hacer acopio de esa santa paciencia que parecía caracterizar a una buena parte de sus hermanos eclesiásticos. Parecía comprender que el chico aún estuviera afectado por el asesinato de su familia, así como el hecho de que fuera demasiado pequeño para entender que no era con él con quien tenía que pagarlo. Quizá por eso aguardó prudentemente a que pasaran unos segundos antes de seguir hablando tan sereno y apacible como antes.

-Lo sé, es tarde para tu familia- comenzó diciendo en un tono casi paternal que a Ian no le gustó nada -, pero no para ti. Afortunadamente la Hermandad consiguió llegar a tiempo antes de que esos lobos se alimentaran a tu costa. No dudo que eres lo suficientemente inteligente como para comprenderlo.

Ian sintió que se encendía por dentro. Aquel monje le había devuelto el reproche con un golpe bajo, demasiado bajo para un niño de siete años que no era capaz de defenderse verbalmente por sí solo. Como un esclavo completamente sumiso a su señor, que en cierta forma era como se sentía, Ian agachó la cabeza por segunda vez. Sus hombros se convulsionaron, pero se esforzó porque ninguna lágrima brotara de sus ojos. Si hubiera mirado hacia arriba, tal vez hubiera sido capaz de percibir el brillo de compasión y arrepentimiento en la mirada severa y taciturna del monje.

-¿Y bien?- intervino el mismo, sin saber si lo hacía para distraer al chico o a sí mismo -¿Me dirás tu nombre?
-Ian- respondió el chico al instante con voz quebrada -Ian Al-Hammid.

El monje abrió de par en par sus ojos negros y contempló de arriba a bajo al niño con la incredulidad escrita en la cara.

-¿Eres musulmán?
-Mi padre lo era. Mi madre era cristiana.
-Entonces eres un mestizo...

Ian no respondió con palabras, pero el monje tomó su silencio como una confirmación. Volvió a contemplar al chico de arriba a bajo, deteniéndose sin poder evitarlo en aquel pelo tan rubio, que casi parecía blanco. No tiene más remedio que tener sangre albina, fue lo que pensó. No le encontraba explicación a un color de pelo tan inusual en alguien de raza árabe. Observó también las heridas ensangrentadas de sus brazos, los rasguños de su cara y los moratones que resaltaban con la luz del fuego que terminaba de reducir a cenizas lo poco que quedaba de su antigua casa. De pronto, miró al chico con otros ojos. Un niño tan pequeño que se había atrevido a plantar cara a unos lobos por sobrevivir y defender a su familia. Tal vez aún pudiera sacar provecho de él.

-Encantado de conocerte, Ian- dijo revolviéndole la pelambrera rubia con una de sus manazas morenas -Yo soy Zanael.

La Hermandad
Spoiler:
La primera impresión que Ian tuvo de aquel refugio fue demasiado cómica para Zanael. El monje no pudo evitar reir cuando el chico le dijo que aquella mansión era digna de alguien de la nobleza y le explicó que a los suyos les había costado mucho tiempo y esfuerzo conseguir aquellos terrenos. Todo cuanto veía (la mansión, las cuadras, el monasterio, la capilla y el campo), habían sido construidos y arados por ellos mismos. Ian se encontró a sí mismo admirando a Zanael al descubrir que la Hermandad no siempre había sido un grupo importante de personas importantes.

Ian pasó los tres días siguientes ayudando a los monjes que trabajaban los terrenos. Araba, hacia recados, cocinaba y limpiaba como cualquier criado más para poder ganarse el sustento. De vez en cuando recibía la visita de Zanael, quien lo llevaba a la biblioteca a instruirlo en su tiempo libre. Ian desconocía el motivo, pero tampoco se quejaba. Su familia, de origen pobre, nunca había sido capaz siquiera de soñar con una formación como la que Zanael le estaba dando por voluntad propia. Investigando y aprendiendo, descubrió qué leyendas sobre la Hermandad eran ciertas y cuáles falsas. Compuesta enteramente por monjes que hacían sus votos de pobreza, servidumbre y castidad como todos, eran una rama desconocida de los Templarios y la Santa Inquisición que se encargaba, por así decirlo, de los trabajos más sucios: mientras los peces gordos sentenciaban a muerte, era la Hermandad la que procuraba dar caza a las criaturas más insólitas del mundo oscuro. Eso explicaba qué hacía Zanael en los terrenos cercanos a la granja de Ian la noche en que sus padres fueron asesinados por aquellas criaturas. De sólo pensarlo, a Ian se le revolvieron las tripas. Averiguó que el verdadero nombre de la Hermandad era “Angelus” dada su especialidad en cazar demonios. Cada miembro de Angelus, una vez consagrado, recibía como pseudónimo el nombre de un ángel con el cual se identificaba el resto de su vida. Los miembros más importantes de la Hermandad, por tanto, recibían los nombres de los arcángeles. La admiración que ya de por sí sentía Ian hacia Zanael no hizo más que crecer al saber que era uno de ellos.

Al amenecer del tercer día, para sorpresa de Ian, fue despertado por una mujer que hasta el momento le era desconocida. Tenía el cabello largo y sedoso, de color azabache, recogido en una trenza que caía sobre su hombro. Vestía una túnica blanca demasiado elegante y bonita como para pertenecer a una criada e Ian se preguntó qué hacía una mujer en el monasterio de los Angelus.

Su nombre era Anael, y era otra cazadora importante de la Hermandad.

-Vístete y avisa cuando estés listo, pequeño- le dijo con un acento que Ian no reconocía -Gabriel te está esperando.

Entre tanto, Ian contempló los ojos rasgados de la mujer para saber si bromeaba. Pero no lo hacía y en seguida percibió cómo se le secaba la garganta. Se vistió a toda prisa, trató de aplastarse lo máximo posible la pelambrera rubia, y se precipitó escaleras abajo en busca de Anael. Cuando llegó hasta ella, vio que Zanael sonreía bonachonamente cual padre orgulloso. Para cuando alcanzaron el despacho de Gabriel, situado en el lado oeste de la mansión, Ian era un manojo de nervios. Lo más sorprendente es que Zanael, aunque se molestara en ocultarlo, también.

Gabriel, a diferencia de Anael y Zanael, era un joven de un atractivo insultante que destacaba por la belleza de sus ojos azules y el brillo de su cabello rubio. En cuanto lo vio, Ian pensó que le habían otorgado al arcángel perfecto y que nadie podría llevar semejante nombre con tanta elegancia y perfección. Gabriel alzó la mirada de los papeles que estaba firmando y contempló a Ian con ojo crítico. Su mirada cristalina se detuvo en el pelo del chico, quien se preguntó internamente a qué venía esa sonrisa de complicidad que esbozaban sus labios.

-Así que tú eres el valiente que le plantó cara a los lobos- la voz de Gabriel resultaba sumamente hipnotizante, como el tañido de una campana. Ian pestañeó y cerró la boca antes de que le entraran las moscas, preguntándose cómo un joven así habría decidido dar su vida a la Iglesia en vez de aprovecharse de su atractivo para conseguir el favor de alguna dama -, estaba muy interesando en conocerte, Ian. Zanael me ha dicho que tienes un talento asombroso para manejar la espada y una mente privilegiada para recopilar información.

Ian enrojeció y miró de reojo a Zanael con una mezcla de agradecimiento y reproche. Zanael, por su parte, sonrió fugazmente e hinchó el pecho con orgullo antes de volver a su pose severa y serena.

-Tienes coraje y determinación- prosiguió Gabriel con una solemnidad que sobrecogió el corazón de Ian -, pero como todo niño pequeño, te dejas llevar por tus emociones y eso hace que te vuelvas un insensato que se precipita al peligro sin pensar.

Ian se encogió sobre sí mismo. Sabía que Gabriel solo lo estaba analizando cortésmente, como haría cualquier maestro con su alumno. Sin embargo, salido de su boca, con esa voz tan perfectamente modulada que hacía creer que todo lo que ocurría en el mundo estaba bajo su control, resultaba sumamente.. Deprimente y vergonzoso. Gabriel pareció captar la incomodidad del chico. Se levantó de su asiento, bordeó el escritorio y se acercó hasta él. Cuando sintió la mano del monje sobre su cabeza, Ian alzó la mirada y lo contempló cohibido. Ciertamente la definición gráfica de “ángel” y “perfección” residían en Gabriel, al menos en lo que a físico se refería.

-Los jóvenes que como tú son capaces de arriesgar su vida por lo que verdaderamente importa merecen algo más que que un trozo de pan y un vaso de leche- comentó haciendo que el corazón de Ian se acelerara. Algo le hacía saber perfectamente por qué Gabriel le estaba diciendo todo esto -No obstante, ahora que no tienes padres, tu vida es tuya. Puedes hacer lo que quieras con ella, Ian.... Pero sinceramente me gustaría que la dedicaras a nuestra Hermandad. Casi eres un Angelus por fuera... Y serás un Angelus perfecto por dentro.

La respuesta de Ian no se hizo de rogar.

Nombramiento
Spoiler:
Habían pasado once años desde que aquellos lobos asesinaran a sus padres y el destino de Ian había dado un giro considerable. En ese tiempo, se había entrenado duro con Zanael para usar las armas como nadie. Su especialidad, como había supuesto su mentor desde un principio, era la espada, aunque también había desarrollado su puntería en el manejo del arco, la ballesta y las armas de fuego. Gabriel, por otra parte, se había preocupado de instruir personalmente a Ian en lo teórico. Le enseñó política, leyes, gramática, geografía, matemáticas, astrología, protocolo y un sin fin de cosas que lo convertían en un cazador por fuera y un aristócrata por dentro. Por último, y no menos importante, Anael había hecho florecer la chispa de magia que Ian desconocía tener. Comparado con Anael, que era una hechicera magnífica, Ian parecía insultar los principios de la magia con sus truquillos de poca monta. No obstante, sabía justo y necesario para desarrollar sus habilidades como cazador Angelus y siempre podría seguir practicando por su cuenta o junto a su maestra.

La mañana de su decimoctavo cumpleaños, Anael se encontraba en la habitación de Ian ayudándolo a prepararse. Los votos de los Angelus con respecto a los de la Iglesia común eran ligeramente diferentes, pero seguían la misma base. Ian ya era monje desde tiempo atrás, pero le faltaba ser cazador. Por alguna extraña razón, todos los “arcángeles” de la orden estarían en su nombramiento, y la propia Anael había pedido acompañarlo como si en vez de su mentora fuera su hermana mayor. Ian supuso que era simple casualidad y que nada podría ser más extraño que el simple hecho de haber sido el único instruido por Gabriel, Zanael y Anael en persona.

-Ya estás listo- sonrió Anael mientras besaba cariñosamente la mejilla de Ian -Cielo santo, no sabes cuánto te pareces ahora mismo a Gabriel cuando llegó a Angelus.

Extrañado, Ian se contempló en el espejo de pie que Anael cuidadosamente había dejado en su habitación para arreglarse. Tuvo que recordarse a sí mismo que estaban los dos a solas porque ciertamente verse reflejado en el espejo era como ver a Gabriel con el pelo ligeramente más corto y la túnica de novicio. Aunque a los pocos segundos de mirarse, se dio cuenta de que decir que se parecía a Gabriel era insultar el nombre de su mentor. Por desgracia para Ian, jamás llegaría a alcanzar la elegancia y perfección con la que Gabriel se movía por el mundo como si fuera un verdadero ángel. Ian suspiró resignado y le dio la espalda al espejo para evitar hundirse en la autocompasión. Eso era algo que hacía mucho tiempo le habian enseñado a reclazar, al igual que el resto de sus emociones.

-Porque los ángeles carecen de sentimientos- le había dicho en su día Gabriel basándose en el lema de la Hermandad -Porque los sentimientos no hacen más que entorpecer la objetividad que nos permite juzgar con ojo crítico todo cuanto acontece a nuestro alrededor. Si quieres ser un verdadero Angelus, tendrás que olvidarte por completo de tus emociones, Ian. Nada de amor u odio. Tendrás un corazón de piedra que no se quiebre bajo la espada de la duda.

A Ian le había costado mucho asimilar todo aquello, y aún entonces no estaba todo lo de acuerdo que le gustaría o debería estar con los principios de la Hermandad. Para él amar a sus padres, enfadarse con Zanael cuando le gastaba una broma, adorar a Anael cuando lo cuidaba o idolatrar a Gabriel cada vez que éste pasaba por su lado habían sido la base de sus dieciocho años. Eso era lo que lo hacía inferior a ellos y lo que no terminaba de encajar para Ian: el hecho de que unos seres tan perfectos y aleccionados quisieran instruirle en persona en algo tan importante y serio como la búsqueda de la victoria del bien sobre el mal.

Sumido en sus pensamientos, Ian no se percató de que acababa de llegar a la capilla de los Angelus. Todos se encontraban de rodillas, rezando a su Dios, mientras Anael y Zanael escoltaban a Ian cerrando la marcha. Gabriel los esperaba pacientemente en el altar acompañado del sumo sacerdote del monasterio, quien oficiaria la misa. Todo fue normal, hasta que Gabriel, para sorpresa de Ian, pronunció las palabras que el chico no sería capaz de olvidar en toda su vida.

-Ahora eres un Angelus. Levántate, pues, Uriel du Ciel.

El murmullo que siguió a aquellas palabras apenas fue un pitido de oido para Ian, quien contemplaba ojiplático a su mentor como si no creyera lo que acababa de oir. Eso era lo que sus mentores se habían traido todo el tiempo entre manos. Ian no era un Angelus normal porque no le habían asignado un nombre de ángel normal, al igual que Anael, Zanael y Gabriel.

Ian era ahora un Arcángel de la Hermandad.

Partida
Spoiler:
-¿Se puede saber qué rayos me estás echando en el pelo, Anael?

Uriel no paraba de rascarse la cabeza, por mucho que tratara de contenerse. Lo que fuera que le estuviera echando Anael en el pelo, escocía y picaba demasiado. Anael, por su parte, no para de darle manotazos cada vez que veía sus intenciones o de reir al ver la cara que se le quedaba a uriel cuando examinaba el condimento negro viscoso que se encargaría de teñirle el pelo.

-Órdenes de Gabriel, ya lo sabes- dijo por enésima vez, como si así consiguiera convencer a su compañero- Tienes un pelo demasiado llamativo para andar por las calles de Francia, principito. Tan y como dijo el jefe, “necesitas fundirte en las sombras”.
-¿Y para eso tienes que echarme esa porquería en la cabeza?
-¿Cómo quieres que vuelva tu pelo negro si no? ¿Con una varita mágica?
-Pues mira, hechicera eres...

Uriel no sabía cuántas collejas llevaba ya encima por parte de Anael, pero aquella le dolió especialmene. Seguía sin confiar mucho en las intenciones de la mujer, por mucho que los planes de Gabriel precisaran su intervención. Aunque a Uriel no le gustara que la gente se le quedara mirando la cabellera albina, tampoco le hacía mucha gracia que le echaran semejante potingue para oscurecerla.

-¿Pero tú estás segura de que esa cosa hará efecto?
-Segura lo que se dice segura... No. Es la primera vez que lo hago.
-Vale, me siento mejor sabiendo que soy tu conejillo de indias...
-Deja de quejarte porque la idea nos la diste tú mismo.

Uriel se habría girado para descargarle una buena tanda de miradas de reproche de no ser porque corría el riesgo de llevarse un brochetazo con aquella cosa negra y viscosa que Anael le untaba en el pelo.

-¡Yo no dije nada al respeto!
-Tú no, pero tu sangre sí.
-¿Qué rayos tiene que ver mi sangre en todo esto?

Y Anael, no se sabe bien si para entretenerlo o saciar su curiosidad, se lo explicó. Según le contó a Uriel, existió un príncipe árabe nacido de la unión del señor del reino y una de sus concubinas cristianas. Aquel príncipe, Abderramán III, había caido en desgracia por nacer con los cabellos rubios de su madre, así que no tenía más remedio que teñírselos de negro para parecer un auténtico príncipe árabe respetado por sus súbditos. Anael desconocía qué clase de ungüento utilizaron con el joven príncipe para teñírle el pelo de negro, pero la similitud entre sus orígenes y los de Uriel le dieron la idea que más tarde expondría a Gabriel y que llevaría a cabo con el propio chico.

Por suerte para Uriel, el experimento de Anael funcionó. Al atardecer, cuando la hechicera le tiro un cubo de agua por encima y lo ayudó a lavarse cuidadosamente, el pelo de Uriel había pasado de ser rubio platino a un negro semejante al ébano. Sorprendido, le quiso preguntar a Anael qué clase de ingredientes hacía mezclado en su ungüento, pero no se lo quiso decir. Aquello confirmó las sospechas que Uriel tenía sobre que nada bueno podia contener algo que resultaba tan asquerosamente viscoso y oscuro.

-Ya estás listo para partir- contempló Gabriel aquella misma noche mientras cenaban -Espero que no olvides nunca tus raices, Uriel, así como la Hermandad a la que sirves y los propósitos de la misma.
-No lo haré, Maestro.
-Oh, Uriel... Ya no soy tu maestro. Puedes llamarme Gabriel a secas, igual que vienes haciendo desde hace tiempo con Anael y Zanael.

Uriel sonrió agradecido y sus ojos se posaron sobre el muchacho que no paraba de mirarlo asombrado. Su nombre era Jack y apenas hacía un par de días que había sido rescatado por Zanael de un incendio. La historia de Uriel se repetía y el joven estaba seguro de que si aquel chico compartía su misma mesa, era porque estaba destinado a ser otro Arcángel de los Angelus. Sin embargo, Uriel, que no estaba acostumbrado a ser observado tan fijamente, frunció el ceño. Lo normal es que miraran con aquella admiración a Gabriel, no a él, y no pudo evitar preguntarse si su parecido físico con el mentor eran tan grande como para sobrepasar el hecho de haberse tintado el pelo de negro. Gabriel, no obstante, no parecía compartir la idea. Es más, Uriel tenía la extraña sensación de que queria que se marchara cuanto antes para quitárselo de encima y no podía evitar preguntarse si su hasta entonces maestro no estaba tan seguro de si mismo como aparentaba. Pero creer que Gabriel pudiera sentir celos de él era absurdo, así que agitó disimuladamente la cabeza para alejar aquella ridiculez de pensamientos de la misma. Por muchos logros y mucha fama que tuviera Uriel a sus espaldas, jamás lograría alcanzar a Gabriel.

La cena transcurrió tan normal como la noche. En cuanto el primer gallo cantó, Uriel se levantó y se preparó para la partida. Recibió calurosos abrazos y despedidas por parte de Anael y Zanael, que se mostraban sinceramente apenados por su marcha. Gabriel, por el contrario, parecía estar de un buen humor exasperante y Uriel terminó por despedirlo con un apretón de manos de lo más formal.

Para cuando montó en su caballo y partió al galope hacia tierras francesas, Uriel sentía la mirada triunfante de Gabriel clavada en su nuca y la decisión de no mirar atrás en su malherida alma, que se quebraba por ver caido a alguien que creía su amigo y hermano.

Uriel du Ciel
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Mensaje por Marius de Romanus el Vie Dic 03, 2010 12:53 pm

Bienvenido al foro.
Fixa aceptada.


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Mensaje por Selene Van der Ross el Vie Dic 03, 2010 4:06 pm

Bienvenido Uriel...Very Happy

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Mensaje por Natasha Von Hannover el Sáb Dic 04, 2010 1:42 am

*Agarra a Selene y se la lleva* ¬_¬UU que no lo asustes!! y a propósito Uriel... seguí pensando en actores pero nada.

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